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Chapter 9: El protocolo de autodestrucción

Elena logra escapar del nodo central con el expediente 402 tras el sacrificio de Julián, quien queda atrapado en el protocolo de purga. Mientras huye por el hospital, Elena recibe un mensaje de Arispe con una foto de su hermana, elevando las apuestas a un nivel personal y letal.

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El protocolo de autodestrucción

El aire en el nodo central se volvió metálico, cargado con el ozono de los servidores al límite. Elena Valdés se arrastró hacia la consola, con los pulmones ardiendo; la presión atmosférica caía en picada, un método de sofocación diseñado para neutralizar intrusos sin dejar rastro de violencia física. A su lado, Julián tecleaba con una furia mecánica, sus dedos apenas rozando las teclas mientras el firewall de hardware del hospital se negaba a ceder.

—¡Maldita sea, Elena! —Julián golpeó el borde de la mesa. El sonido resonó en el pasillo vacío como un disparo—. Se ha estancado al cuarenta por ciento. El sistema de purga ha detectado mi firma digital y la ha fusionado con la tuya. Ya no somos dos usuarios; somos un solo error que el hospital debe borrar.

La barra de progreso, una línea roja que devoraba el espacio digital, estaba congelada. El expediente 402, la prueba que enterraría a Arispe y expondría los experimentos de Varela, se desvanecía en tiempo real. El reloj de pared marcaba las 10:48. La cuenta regresiva no era una metáfora; era el tiempo que les quedaba antes de que el protocolo de succión sellara la habitación.

—Si no sorteamos el firewall, el protocolo de succión terminará el trabajo —dijo Elena, su voz sonando extraña, lejana. La presión en sus oídos era insoportable.

Julián la miró. Su rostro, pálido bajo la luz estéril de las lámparas de emergencia, reflejaba una determinación sombría. A través del cristal reforzado, una silueta impecable se detuvo. El Dr. Arispe no corría; caminaba con la calma de un verdugo. Se detuvo frente al lector biométrico y, con una lentitud deliberada, tecleó el código de sellado permanente. El panel de la puerta cambió de un verde funcional a un rojo incandescente.

—Elena, escúchame —Julián se giró, bloqueando los protocolos de intrusión de Arispe con un comando manual—. Si cruzas la compuerta de mantenimiento ahora, llegarás al ala norte antes de que el sello se complete. Si te quedas, nos purgan a los dos. No hay más opciones.

—No te voy a dejar aquí —replicó Elena, pero Julián ya estaba puenteando el sistema hidráulico. El zumbido de los servidores se transformó en un silbido agudo: el sonido de un sistema que, al no poder expulsar al intruso, decidía vaciar el oxígeno de la habitación.

Elena sintió el peso del disco duro en su chaqueta, una carga que pesaba más que cualquier deuda. Sin una palabra, se deslizó por la rendija de la compuerta que Julián mantenía abierta con un esfuerzo sobrehumano. Al cruzar, sintió el golpe seco del metal sellándose tras ella. Julián quedó atrapado del otro lado, solo, frente a la purga inminente. Elena no miró atrás; corrió por los pasillos estériles del ala norte con el disco duro escondido contra su pecho. El hospital activó el 'Código Rojo', bloqueando todas las salidas. Elena se despojó de su bata de auditora en un baño de servicio, robando un uniforme de enfermería para confundirse entre el personal nocturno.

Logró llegar a un punto ciego de las cámaras de vigilancia, jadeando, con el corazón golpeando sus costillas. Su teléfono, que creía apagado, vibró con una insistencia atroz. Elena se escondió en un armario de suministros y abrió el mensaje. No era una advertencia de seguridad. Era una fotografía: su hermana pequeña caminando por la acera frente a su departamento, captada con una precisión quirúrgica.

Debajo de la foto, un texto seco, clínico, sentenciaba: «El archivo 402 es un error administrativo, Elena. Tu familia, en cambio, es una realidad que puede ser corregida en minutos».

El aire se volvió pesado. El costo de la verdad, que hasta hace un momento se medía en su carrera y su reputación, acababa de escalar a un nivel insoportable. Elena guardó el disco duro, endurecida por el chantaje, y decidió que si el hospital quería una guerra, la tendría, sin importar el precio personal que tuviera que pagar por la supervivencia de los suyos.

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