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Chapter 11: La caída del sistema

Elena expone los crímenes de Aranda ante el pueblo mediante el sistema de audio de la iglesia, rompiendo la lealtad de la comunidad hacia el médico. Tras rescatar a Mateo de la custodia policial en medio del caos, Elena observa desde las sombras cómo los verdaderos responsables del hospital comienzan a destruir la evidencia digital restante.

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La caída del sistema

La puerta de la cabina de sonido de la basílica crujió bajo un impacto seco, enviando una lluvia de astillas sobre el equipo de audio. Elena retrocedió, con los dedos entumecidos por el frío de la piedra, mientras el estrépito de la procesión de San Judas se filtraba desde la nave central: un murmullo de rezos que se transformaba en un rugido de horror. El sistema de audio, una reliquia de cables pelados y amplificadores analógicos, parpadeaba con una luz roja. Era su salvavidas y su sentencia de muerte.

—¡Elena, abre ahora! —la voz del oficial al mando, distorsionada por la madera, era una sentencia—. Aranda no quiere testigos.

Ella ignoró el golpe siguiente. Sus manos, manchadas de grasa y polvo, conectaron el último puente de cobre. El monitor mostró la confirmación: En vivo. La evidencia de la cirugía 402, el registro que Aranda había intentado borrar del servidor central, ya estaba en tránsito hacia la prensa nacional y, simultáneamente, se filtraba a través de los altavoces de la plaza. El segundo impacto fue brutal; la cerradura cedió.

Elena se aferró al micrófono. Su respiración agitada era el único sonido en la pequeña cabina.

—Escuchen —dijo, su voz rebotando contra las fachadas coloniales del pueblo—. El Dr. Julián Aranda no está salvando vidas. Está subastando los órganos de sus pacientes para pagar la deuda de este hospital.

Abajo, el silencio fue absoluto. El Dr. Aranda, que encabezaba la procesión con una vela en la mano, se detuvo en seco. Su rostro, habitualmente esculpido en una calma filantrópica, se descompuso en una mueca de incredulidad. Intentó levantar la mano para ordenar a la policía que silenciara el sistema, pero la multitud, que instantes antes le rendía pleitesía, comenzó a retroceder. El hechizo de la fe ciega se había roto. Un hombre en la primera fila, con el rostro desencajado, reconoció el nombre de su propia madre en el audio: un caso de trasplante que nunca debió ocurrir.

—¡Es un fraude! —gritó Aranda, su voz intentando imponerse sobre el eco—. ¡Esa mujer es una criminal! ¡Deténganla!

Pero la policía local, atrapada entre el deber de proteger al médico y la presión de una masa encendida que ahora les exigía explicaciones sobre la cirugía 402, vaciló. Fue el momento que Elena necesitaba. Aprovechando el caos, se deslizó por la salida de servicio de la cabina. Bajó las escaleras de piedra con la agilidad de quien no tiene nada que perder y se abrió paso entre la confusión para llegar a la patrulla donde Mateo estaba retenido.

Mateo la miró con los ojos inyectados en sangre, esposado contra el metal frío del vehículo. Elena, usando una llave maestra que había sustraído de la oficina de suministros, forzó el grillete.

—Vámonos —susurró, tirando de él mientras la multitud rodeaba a los oficiales, creando un muro humano que impedía que Aranda escapara.

Se refugiaron en un callejón oscuro con vista al hospital. Desde allí, observaron cómo las luces de las ventanas del ala administrativa se apagaban una a una. Elena recuperó la memoria USB que había escondido en la base de la estatua de San Judas antes de entrar a la iglesia. La sostuvo con fuerza; era el último clavo en el ataúd de Aranda. Observó las sombras moverse en el edificio: los verdaderos arquitectos del encubrimiento ya estaban destruyendo los servidores, conscientes de que el peón Aranda había caído. Elena sabía que la lucha apenas comenzaba, pero por primera vez, el sistema no estaba atacando; estaba huyendo.

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