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Chapter 10: El muro de cristal

Elena se refugia en la iglesia durante la procesión anual, utilizando la iconografía religiosa como distracción para ocultar la evidencia física. Logra tomar el control del sistema de audio de la basílica, exponiendo los crímenes de Aranda ante todo el pueblo justo cuando la policía se prepara para irrumpir.

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El muro de cristal

El aire en la plaza de San Judas del Valle no era solo incienso y cera; era el olor metálico de una trampa que se cerraba. Elena Valdés, con el rostro oculto tras un pañuelo oscuro, se fundió entre la multitud de fieles. Cada paso le costaba un esfuerzo sobrehumano. El bolso que cargaba no contenía solo la evidencia, sino los restos de su vida: sus cuentas bancarias estaban en cero, su nombre figuraba como una criminal buscada por desfalco y el Dr. Aranda, desde su oficina, movía los hilos de la policía local como si fueran marionetas de carne y hueso.

—¡Cierren los perímetros! —la voz del capitán Mendoza retumbó por los altavoces de las patrullas—. Nadie sale de la plaza hasta que el sospechoso sea identificado.

Elena bajó la mirada. Los oficiales escudriñaban cada rostro bajo la luz mortecina de los faroles, consultando tabletas digitales que, sabía, estaban conectadas al servidor del hospital. La purga digital era total, pero ella tenía algo que el sistema no podía borrar: la memoria USB con la prueba física de la cirugía 402. Cruzó el umbral de la basílica justo cuando el cordón policial se tensaba, sintiendo el vacío gélido de saber que, al otro lado de esas puertas, la ley ya no le pertenecía.

El interior de la iglesia era un mausoleo de silencio. El párroco, un hombre cuya lealtad al hospital estaba tallada en las placas de mármol de los donantes, la esperaba en la penumbra del presbiterio. Elena no perdió tiempo en cortesías. Sacó la memoria USB, sintiendo el metal frío y punzante contra su palma.

—No deberías estar aquí, Elena —dijo el sacerdote, su voz resonando con una severidad mecánica—. Has traído la guerra a un lugar de paz.

—He traído la verdad a un lugar de cómplices, padre —respondió ella, con la voz quebrada pero firme—. Aranda está asesinando pacientes para financiar este santuario. ¿Va a permitir que la policía entre a profanar su altar para borrar la evidencia de una masacre?

Los golpes en la puerta principal de la iglesia resonaron como un martillo sobre un ataúd. Elena no esperó su respuesta. Se escabulló hacia la base hueca de la estatua de San Judas, un escondite que había identificado meses atrás durante una auditoría rutinaria. Deslizó la memoria USB en la cavidad, asegurándola con un trozo de cera, justo antes de que las puertas de roble crujieran bajo el peso de los oficiales.

Corrió hacia la cabina de sonido, oculta tras una pesada cortina de terciopelo. Sus dedos, entumecidos por el estrés, encontraron el panel de control. Afuera, el caos de la procesión se había transformado en un griterío; la gente del pueblo comenzaba a comprender que la policía armada no estaba allí para proteger la fe, sino para silenciar a alguien que se atrevió a cuestionar al Dr. Aranda. Elena se colocó el auricular y, con un pulso firme, activó el sistema de audio. El chirrido del micrófono resonó en toda la plaza, silenciando los rezos y las sirenas.

—Habla Elena Valdés —dijo, su voz amplificada por los altavoces de la iglesia, rebotando contra las paredes de piedra y los rostros atónitos de los feligreses—. Si están escuchando esto, el hospital está intentando borrar la historia de sus hijos, de sus padres, de los pacientes de la cirugía 402.

En la entrada, Aranda apareció, flanqueado por los uniformados. Su rostro, habitualmente sereno, se desfiguró al escuchar su propio nombre resonar en la plaza. La derrota cruzó sus ojos por un instante, un destello de horror ante lo inevitable. Elena no se detuvo; comenzó a leer la lista de nombres, los pacientes que el hospital había declarado "desaparecidos" o "trasladados", mientras la policía, paralizada por la magnitud de la exposición pública, no sabía si disparar o retirarse. La verdad, por fin, estaba fuera de los servidores. El mito del hospital se desmoronaba en el aire, y Elena, aunque acorralada, sabía que el reloj de la purga ya no importaba. El pueblo, por primera vez, estaba escuchando.

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