Chapter 9
El aire en el sótano técnico sabía a ozono y a la derrota que Julián Varga se negaba a aceptar. Tenía la factura de 'Logística S.A.' arrugada en el bolsillo, un trozo de papel que pesaba más que una confesión bajo juramento. Faltaban exactamente cinco horas y cuarenta minutos para que el sistema de gestión hospitalaria ejecutara la purga automatizada, borrando no solo los registros de la dosis letal de potasio administrada a Elena, sino la existencia misma de la red de tráfico que utilizaba el hospital como fachada.
Roberto emergió de entre los racks de cables, bloqueando la salida. No corría; su calma era una herramienta de tortura. Ajustó sus guantes con una precisión quirúrgica que a Julián le revolvió el estómago.
—No hay registros de tu presencia aquí, Julián —dijo Roberto, su voz resonando metálica contra el concreto—. Si desapareces entre los archivos borrados, nadie notará la diferencia. Entrégame el papel.
Julián retrocedió, su espalda chocando contra un panel de control inerte. Su tarjeta de acceso, colgada al cuello, era un trozo de plástico muerto. Sabía que Méndez ya había revocado sus privilegios; el sistema lo trataba como a un virus. Sin pensarlo, Julián arrojó el pesado extintor de pared contra el rack de servidores más cercano. El estallido de espuma blanca y el chirrido de metal crearon el caos necesario. Roberto se cubrió el rostro, y en ese segundo de ceguera, Julián se lanzó hacia la salida de servicio, sus pulmones ardiendo por el esfuerzo.
Al ganar el pasillo, el hospital se había vuelto un laberinto hostil. Necesitaba verificar a Elena antes de que la purga digital fuera total. Al llegar a la estación de enfermería del cuarto piso, deslizó su tarjeta. El sensor emitió un pitido rojo, seco y definitivo: Acceso denegado: Usuario bajo revisión de seguridad.
—No puede estar aquí, Varga —la voz de una enfermera novata le cortó el paso. Sus ojos denotaban un miedo institucional, el tipo de terror que nace de saber demasiado.
—Hubo un error en el registro de la 402 —mintió Julián, forzando una máscara de burócrata hastiado—. Si no rectifico el inventario, el sistema marcará una discrepancia que nos costará el puesto a ambos. Solo necesito dos minutos en su terminal.
La joven dudó, el miedo a la jerarquía de Méndez luchando contra la urgencia en la voz de Julián. Finalmente, se apartó. Julián tomó el teclado. Lo que vio en pantalla le heló la sangre: el hospital no solo estaba purgando los logs médicos, estaba borrando su rastro laboral completo. Para el sistema, Julián Varga nunca había trabajado allí.
Corrió hacia la habitación 402. Elena estaba sedada, una muñeca de porcelana rota en una cama de sábanas estériles. Julián levantó el colchón y allí estaba: la confesión original. Al leerla, la realidad de la red de tráfico se volvió absoluta. No era solo negligencia; era un mercado negro de suministros médicos de alta gama, orquestado por Méndez. La traición de Elena, su silencio forzado, le golpeó como un puñetazo, pero su amor por ella se transformó en una furia fría y calculadora. Ella no lo había traicionado; lo había estado protegiendo de un monstruo que no sabía cómo combatir.
Salió de la habitación con el documento pegado al cuerpo, pero al llegar al pasillo principal, el zumbido magnético de las puertas de seguridad vibró en sus dientes. Presionó el panel táctil con los dedos sudorosos, introduciendo la secuencia que le había robado a Véliz. Un pitido agudo le devolvió el eco de su fracaso: acceso denegado.
De repente, las luces blancas del techo se apagaron, reemplazadas por un parpadeo rojo intermitente. Una voz sintética resonó por los altavoces: Protocolo de purga iniciado. Bloqueo total de zonas restringidas. Julián estaba atrapado. El eco de botas pesadas resonando contra el linóleo del piso superior anunció que Roberto y el equipo de seguridad venían por él. Estaba solo, encerrado en el ala de cuidados intensivos, mientras las puertas se sellaban herméticamente, dejándolo sin salida, sin acceso y a merced de quienes controlaban el reloj.