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Chapter 7: Chapter 7

Julián logra evadir a Roberto tras ser bloqueado del sistema administrativo. Esconde la confesión original en la habitación de Elena, solo para descubrir que ella ha sido sedada como represalia. En el sótano técnico, un enfermero aliado le revela que la purga es una cortina de humo para una red criminal externa, entregándole una prueba que vincula al hospital con el exterior.

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Chapter 7

El zumbido del monitor cardíaco en la planta baja parecía perforar los muros del ala administrativa, un recordatorio síncrono de que le quedaban exactamente seis horas antes de que la purga del servidor borrara cualquier rastro del error médico que mató al paciente de la 402. Julián Varga apretó el documento original contra su pecho, sintiendo el peso del papel como si fuera una piedra encendida. Había logrado extraer la confesión real de la caja fuerte de Méndez, pero el costo fue inmediato: su usuario de red estaba bloqueado. Al intentar forzar la salida por el ascensor principal, el lector de tarjetas emitió un pitido agudo y denegó su acceso. Un destello rojo parpadeó sobre la puerta.

—Julián. Qué sorpresa encontrarte fuera de tu cubículo a estas horas —la voz de Roberto resonó en el pasillo, metálica y cargada de una calma depredadora.

Julián se giró. Roberto no estaba solo; dos guardias de seguridad del hospital, hombres cuyos rostros eran tan grises como sus uniformes, se posicionaron bloqueando la única salida de emergencia. Roberto, el hombre en quien Julián había confiado para navegar la burocracia, ahora le devolvía una mirada de desprecio calculador. Él era el supervisor de las purgas. Él era quien se aseguraba de que los errores médicos desaparecieran antes del amanecer.

—El sistema ha detectado una actividad inusual en tu terminal —continuó Roberto, avanzando con una lentitud que le permitía disfrutar de la trampa—. No intentes usar el código de Véliz. Ya ha sido revocado. Entrégame el documento, Julián. Es una cuestión de supervivencia institucional, no personal.

Julián no respondió. Sus dedos buscaron la llave de servicio que había ocultado en la costura de su chaqueta. Con un movimiento brusco, lanzó su tarjeta de identificación hacia el sensor de una puerta lateral, forzando un error de sistema que activó el protocolo de apertura manual. Mientras los guardias se abalanzaban, él se deslizó por la rendija, dejando atrás el grito de Roberto. Se refugió en un cuarto de suministros, con la respiración entrecortada y el acceso administrativo revocado permanentemente. Estaba a oscuras, solo con el peso de la verdad en sus manos.

El aire en la habitación 402 era denso, impregnado con el aroma metálico de los antisépticos. Julián cerró la puerta de golpe, bloqueando el pestillo. Elena estaba sentada en la cama, con la mirada perdida. Al ver a Julián, sus ojos se abrieron con un terror que no era físico, sino una rendición absoluta al sistema que la mantenía cautiva.

—Julián, vete —susurró ella, con la voz quebrada. Sus manos, marcadas por los hematomas de las vías, se aferraban a las sábanas—. Méndez estuvo aquí. Me dieron un sedante para que no viera nada cuando el turno cambie. Si no aceptaba la confesión falsa, tú serías el siguiente.

Julián se acercó, ignorando el dolor en sus costillas. Deslizó el documento original bajo el forro descosido del colchón de Elena. Era el único lugar donde la seguridad, obsesionada con lo digital, no buscaría. Comprendió, con un escalofrío, que no podía simplemente huir; debía desmantelar el servidor antes de que Elena fuera eliminada como testigo.

Salió al pasillo y se dirigió al sótano técnico. El aire allí era pesado, cargado con el olor a ozono de los servidores. Revisó su reloj: 5 horas y 42 minutos. De repente, una sombra se desprendió de los racks. Julián se paralizó, pero antes de que pudiera retroceder, una mano enguantada en látex azul lo sujetó por el antebrazo y lo arrastró al hueco entre dos servidores.

—Si sigues caminando al nodo principal, terminarás borrado —susurró una voz áspera. Era un enfermero de la UCI, siempre esquivo—. Roberto no es el único infiltrado. La purga es solo una tapadera para ocultar una red de tráfico de suministros médicos.

El hombre le entregó un fragmento de papel, una nota escrita a mano con el sello de una farmacéutica externa. Julián leyó la conexión: el hospital no solo ocultaba negligencias, las financiaba. Se quedó solo en la penumbra, dándose cuenta de que el encubrimiento era más profundo de lo que imaginaba, mientras el sonido de pasos pesados se acercaba por el pasillo del sótano.

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