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Chapter 11: La caída de la máscara

Luján entrega a Lucía las llaves maestras y las grabaciones incriminatorias justo antes de que la seguridad privada irrumpa en el estudio. Mientras el sistema hospitalario inicia su autodestrucción total a las 23:59:42, Luján se sacrifica para permitir la huida de Lucía y Marina. Lucía escapa con la evidencia física, confirmando que el encubrimiento es una red de experimentos humanos, mientras recibe una advertencia críptica que sugiere que la lucha apenas inicia.

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La caída de la máscara

El zumbido de los servidores en la sala de control no era un sonido, era una sentencia de muerte. A las 23:59:12, el sistema de ventilación se detuvo con un quejido metálico, dejando que el calor acumulado por los racks de datos convirtiera el estudio en una trampa de ozono y plástico quemado. Lucía Arrieta apretó la unidad de estado sólido contra su pecho, sintiendo el borde frío del metal contra su piel. A su lado, el Dr. Esteban Luján, el hombre que durante años había sido el rostro impecable de la institución, ahora parecía un espectro. Sus manos, antes firmes al dictar diagnósticos, temblaban mientras conectaba su llave maestra al terminal principal.

—Si esto no sincroniza antes de la purga, todo habrá sido en vano —dijo Luján, su voz apenas un susurro rasposo—. A las 23:59:42, el sistema borrará cada rastro de los registros de entrada. No solo los digitales, Lucía. Están incinerando las pruebas físicas en el Ala C.

La pantalla frente a ellos parpadeaba en un rojo intermitente: Protocolo de Autodestrucción de Hardware: Iniciado. Tiempo restante: 00:04:12. Lucía observó el monitor con náuseas. La auditoría de usuario aún la rastreaba, marcando su firma digital como la responsable de haber facilitado el alta falsa del paciente 402. Cada segundo que pasaba era una soga que se apretaba más alrededor de su cuello.

—¿Por qué ahora, Esteban? —espetó ella, dando un paso hacia él. El aire se volvía irrespirable—. ¿Por qué esperar a que el hospital sea un sarcófago para entregarme esto?

Luján se giró, revelando una mirada vacía, desprovista de su habitual arrogancia administrativa. —Porque los financistas ya no me ven como un activo. Para ellos, soy un cabo suelto. Si la policía llega antes de que el servidor se desintegre, al menos habrá un rastro. Si no, todo este lugar quedará reducido a cenizas digitales y tú serás la única culpable que podrán presentar ante el fiscal.

Un estruendo metálico resonó en el pasillo exterior. La seguridad privada, alertada por la transmisión viral del 'libro mayor negro', estaba forzando las puertas blindadas del estudio. Marina Salcedo, oculta tras una consola de sonido, soltó un sollozo ahogado. La enfermera, que había traído la prueba física de la unidad experimental, parecía a punto de colapsar bajo el peso de su propia traición al sistema.

—El patrón —susurró Marina, señalando hacia el monitor donde los flujos de datos se desmoronaban—. No son solo traslados, Lucía. Son experimentos. Don Ernesto no murió, lo movieron a la unidad que ni siquiera aparece en los planos oficiales. Si no salimos con esa unidad, el mundo nunca sabrá quién financia realmente este horror.

Lucía sintió el impacto de la realidad: el hospital no era una institución médica, era una fachada. El 'patrón' al que Marina se refería no era un error administrativo, era una cadena de suministro de vidas humanas. El servidor emitió un pitido agudo, el preludio de la purga final. En ese instante, la puerta principal del estudio cedió con un golpe seco. La seguridad no venía a salvarlos; venían a borrar la última evidencia de su existencia. Luján le entregó una llave de acceso maestra, un pedazo de hierro frío que pesaba más que su propia conciencia. —Sal por el conducto de ventilación del Ala Norte —ordenó él, bloqueando la puerta con su propio cuerpo—. Si me atrapan, la transmisión del libro mayor será tu única defensa. No mires atrás.

Lucía corrió hacia el ducto, pero al mirar hacia atrás, vio cómo Luján era derribado por los guardias mientras el servidor principal, en un último estertor de autodestrucción, comenzaba a soltar chispas blancas. La pantalla se quedó en negro. El reloj del sistema marcaba 23:59:41. La purga había comenzado, y con ella, el silencio absoluto de la institución. Lucía se arrastró por el pasadizo, con el peso de la verdad en su bolsillo y el eco de los gritos de Luján resonando en su mente. El hospital se desmoronaba, pero ella aún seguía viva, cargando con la única prueba que el sistema no pudo incinerar. El teléfono en su bolsillo vibró con un mensaje anónimo: Esto apenas comienza.

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