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Chapter 10: El estudio en llamas

Lucía logra completar la transmisión del 'libro mayor negro' mientras el hospital corta la energía para detener la purga. Luján aparece en el estudio, no como enemigo, sino como un hombre quebrado que entrega las grabaciones maestras finales justo cuando el hardware del hospital inicia su autodestrucción.

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El estudio en llamas

El segundero del monitor era un latido metálico que no perdonaba: 23:55:12. Faltaban menos de cinco minutos para que la purga del sistema borrara cada rastro de los traslados ilegales. En la pantalla principal, la realidad era una herida abierta: Marina, con el rostro desencajado y los nudillos blancos, empujaba la silla de ruedas de Don Ernesto hacia el montacargas del área de carga. Dos guardias de seguridad privada, con uniformes impecables y rostros carentes de humanidad, les cerraban el paso.

—Lucía, no puedo pasar —la voz de Marina por el intercomunicador era un hilo roto—. Me han bloqueado la salida norte. Dicen que el protocolo de emergencia exige mi identificación biométrica. Si me detienen, se acabó todo.

Lucía sintió un vacío gélido. Sus dedos volaban sobre el teclado, pero el sistema le devolvía un error constante: «ACCESO DENEGADO. USUARIO: L. ARRIETA. ESTADO: EN AUDITORÍA». El hospital no solo la vigilaba; la estaba usando como chivo expiatorio. Al intentar forzar la compuerta de carga, una ventana emergente la dejó helada: su firma digital, la misma que ella había intentado proteger, estaba siendo utilizada en ese preciso instante para autorizar el traslado de Don Ernesto a la unidad experimental. El sistema la estaba condenando con sus propias credenciales.

—Sofía, ahora —ordenó Lucía, su voz convertida en un filo de acero.

En la recepción, Sofía Arrieta no dudó. Con la frialdad de quien ha visto a su familia perder demasiado, activó el protocolo de incendio manual. Las alarmas estallaron como un grito metálico que recorrió el edificio. Los rociadores comenzaron a soltar una bruma gélida, y los guardias que escoltaban el Ala B se detuvieron, confundidos por el caos. Fue el segundo que Marina necesitaba.

—Muévete, Marina. No mires atrás —instó Lucía mientras veía cómo la enfermera aprovechaba la indecisión para empujar a Don Ernesto hacia el montacargas. Pero el sistema no era humano; era una máquina diseñada para la asfixia. Las puertas magnéticas del Ala B se desplomaron, sellando el sector. Lucía, atrincherada en el estudio de livestream, conectó el disco duro al servidor principal. Los golpes contra la puerta de acero resonaban como disparos.

—¡Abre ahora, Luján! —bramó una voz del otro lado.

Lucía ignoró el pánico. En la pantalla, la barra de carga de la transmisión en vivo alcanzó el 100%. Los comentarios en redes sociales se disparaban: el «libro mayor negro» era ya un virus digital imposible de contener. Millones de usuarios replicaban la evidencia. De repente, una luz roja comenzó a parpadear. El sistema central identificó la brecha y lanzó la orden de purga definitiva. La pantalla se volvió negra. El hospital, en un último acto de defensa, cortó el suministro eléctrico.

La oscuridad fue un hachazo. El zumbido de los servidores se cortó, dejando a Lucía en un silencio sepulcral, solo interrumpido por el eco de sus propias pulsaciones. En la penumbra, el único punto de luz era el parpadeo rojo de una batería de emergencia sobre la puerta blindada.

—No te muevas —susurró una voz a su espalda.

Era Luján. El jefe de urgencias, el rostro impecable del hospital, estaba ahora encorvado en la sombra, bañado en un sudor frío. Lucía apretó el dispositivo con las grabaciones maestras contra su pecho. Sus dedos, entumecidos, sentían la rugosidad del metal. El hospital no solo había cortado la energía; habían sellado los pasillos. El sonido de botas tácticas resonaba contra el linóleo, acercándose con la cadencia metódica de un escuadrón de limpieza. No venían a rescatar a nadie.

—Si entran, esto se acaba —dijo Lucía, su voz apenas un hilo—. Han borrado mi firma digital. Me han convertido en el chivo expiatorio. Si me encuentran aquí, la auditoría interna ejecutará la purga y seré la única responsable.

Luján se acercó, sus manos temblaban mientras hurgaba en los bolsillos de su bata. Sacó las grabaciones maestras que incriminaban a los financistas externos.

—Esto es lo único que nos queda —susurró él, entregándole el dispositivo—. Si esto sale, ellos caen. Pero el servidor principal está empezando a sobrecalentarse. Han activado el protocolo de autodestrucción del hardware.

Un zumbido agudo, como el chirrido de un metal siendo retorcido, comenzó a emanar de las paredes del estudio. El hospital estaba quemando sus propios cimientos para enterrar la verdad. Lucía miró hacia la puerta, donde los golpes se volvían cada vez más violentos, y luego hacia el dispositivo en su mano. La purga de logs estaba a segundos de completarse, pero el mundo ya estaba mirando. El teatro de la verdad estaba en llamas, y ella era la única que tenía la llave de las cenizas.

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