La colisión inevitable
El olor a tela vieja y madera húmeda llenaba la trastienda. Julián Varela permanecía inmóvil, el pequeño camión de madera apretado entre sus dedos como si pudiera romperse con solo respirar. No era un juguete. Era la prueba que llevaba semanas persiguiendo: la confirmación física de que Elena Valdés no solo había desaparecido, sino que se había llevado consigo una parte de él.
Elena estaba de espaldas a la mesa de corte, la cinta métrica enrollada con fuerza en una mano. Los avisos de demolición seguían pegados a la pared, aunque ambos sabían que Julián había detenido las máquinas. El poder ya no estaba en el papel; estaba en el silencio que ahora los envolvía.
—No deberías haber entrado aquí —dijo ella. Su voz salió baja, controlada, sin temblor. La misma voz que había usado durante años para mantener el mundo a distancia.
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