El precio de la verdad
El despacho de Julián Varga conservaba el aroma a ozono y papel antiguo, una atmósfera de búnker que no lograba silenciar el zumbido de la ciudad tras los cristales reforzados. Elena no buscó la comodidad de los sillones de cuero. Se mantuvo de pie, con la espalda recta, observando cómo Julián, el hombre que había convertido su vida en un tablero de ajedrez, terminaba de revisar el dosier de la auditoría.
—El padre de Matías ya no
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