La guerra de reputación
El despacho de Julián Varga, en el piso cincuenta, era un santuario de cristal y acero que, en aquel momento, se sentía como una celda de alta seguridad. Sobre la mesa de caoba, la auditoría forense que Elena había entregado reposaba como una guillotina. No era solo papel; era la ruina de Beatriz Varga.
Julián no apartó la vista del ventanal. Abajo, la ciudad era un hormiguero de luces indiferen
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