La final del desguace
El aire en la arena de la Ciudadela de Hierro sabía a ozono y a la desesperación metálica de las placas de blindaje al límite. Mateo «Chatarra» Varga ajustó los arneses de mando del Bastardo, sintiendo cada vibración del chasis como un espasmo de dolor. El indicador de integridad marcaba un precario 15%. A su alrededor, el estruendo de la multitud era un muro sónico, pero lo que realmente le helaba la sangre era la cuenta regresiva en su HUD: tres minutos para el cierre del ciclo de clasificación. Si no lograba una ejecución impecable, su deuda se multiplicaría hasta el embargo definitivo.
—No te rompas ahora —gruñó Mateo. Frente a él, tres mechas de élite, con blindaje pulido y firmas energéticas estables, cerraban un triángulo de muerte. El primer impacto llegó antes de que pudiera maniobrar. Un disparo de cañón cinético estalló contra su hombro izquierdo, arrancando metal viejo y exponiendo el cableado. La alarma de sobrecalentamiento del nuevo kit de refrigeración aulló, una advertencia estridente sobre la inestabilidad de las piezas robadas.
Mateo no respondió al fuego. Forzó el servomotor izquierdo —la pieza de vanguardia rescatada de la bóveda de la Academia— y ejecutó un giro de pivote que, en teoría, debería haber destrozado su chasis. El Bastardo se inclinó, las placas chirriaron, pero el movimiento fue perfecto. El primer rival, un piloto cuya arrogancia era tan pulida como su armadura, se precipitó al vacío dejado por Mateo. Aprovechando el retroceso, Mateo canalizó una técnica prohibida: redirigió la energía cinética del disparo enemigo hacia el núcleo del atacante. Hubo un destello cegador y el primer mecha se desplomó arrastrando una estela de chispas. Las gradas estallaron en un rugido gutural que reclamaba justicia.
La muerte técnica del primer rival disparó la furia de los otros dos. El Bastardo, con el costado sangrando aceite hidráulico, quedó al borde del colapso térmico. El sistema de refrigeración silbaba al 88% de su capacidad. Mateo sintió el tirón agónico del bastidor cuando una descarga de plasma impactó en su flanco derecho. Las luces de advertencia parpadearon en un rojo violento.
—¿Eso es todo, Chatarra? —la voz del segundo piloto destilaba un desprecio gélido—. Tu chatarra se deshace.
Mateo no contestó. Sacrificó una placa lateral para desviar la descarga y usó la inercia para enganchar el brazo mecánico del segundo oponente, forzando una sobrecarga en su sistema de acoplamiento. Cuando el contrincante quedó inmovilizado, Mateo lo remató con un golpe preciso de su garra reforzada. El segundo mecha cayó, y el público, viendo la disparidad de recursos, empezó a corear su nombre. La Academia intentó congelar la decisión por «irregularidad de firma», pero el clamor era ensordecedor.
El tercer oponente, un modelo Aegis de la élite, cargó para el golpe final. Mateo, al límite de su resistencia, forzó su última reserva de energía. El Bastardo crujió, un lamento metálico que Mateo sintió en sus propios huesos. En una maniobra final hecha de desgaste y fe brutal, esquivó el ataque del Aegis y lo proyectó contra los muros de la arena. El impacto fue definitivo. El Aegis quedó inerte. Mientras los jueces de la Academia vacilaban, la multitud rugía, forzando a los operadores a validar la victoria. Mateo, entre el humo y el aceite, vio en un panel de datos oculto un registro técnico que le heló la sangre: el diseño del sistema que acababa de salvarlo llevaba la firma de Silas, el hombre que le había enseñado a sobrevivir, y que ahora comprendía, había sido el arquitecto traicionado de la propia Academia.