La sombra del mercado
El zumbido de los fluorescentes en la sala de detención de la Academia era un martillo neumático contra las sienes de Mateo. Sus muñecas, sujetas por brazaletes de inercia que bloqueaban cualquier interfaz neuronal, enviaban descargas de estática a cada movimiento. Habían pasado seis horas desde que lo sacaron de la cabina del Bastardo. El olor a ozono y metal quemado todavía impregnaba su piel, un recuerdo punzante de la sobrecarga que le permitió derrotar a Kaelen Vance.
La puerta se deslizó con un silbido hidráulico. El Auditor Senior Vane entró, portando un pad de datos con la luz azulada de la Academia. Vane dejó caer el dispositivo sobre la mesa metálica. En la pantalla, la firma energética del Bastardo se desplegaba en picos irregulares, una evidencia que gritaba «tecnología ilegal» en cada trazo.
—Tu bastidor ha sido confiscado para un desmantelamiento forense, Varga —dijo Vane, su voz carente de humanidad—. Los técnicos ya localizaron el registro prohibido en el núcleo. Admitirlo ahora es tu única oportunidad de evitar la cárcel por sabotaje al Escalafón.
Mateo sintió un vacío en el estómago. Si desmantelaban el Bastardo, perdía su medio de vida y la única prueba de que podía competir contra la élite. Pero la desesperación era un combustible peligroso. Mateo fijó sus ojos en Vane, forzando una calma que no sentía. —Si mi bastidor fuera ilegal, Vane, sus sistemas de seguridad lo habrían bloqueado antes de que yo pudiera siquiera encender el motor. ¿Quizás el problema es que su software de vigilancia es tan obsoleto que confunde el rendimiento excepcional con una anomalía?
Vane se tensó. Mateo sabía que la burocracia de la Academia odiaba admitir fallos en sus propios protocolos. La duda, por pequeña que fuera, era su única rendija.
Tras ser liberado bajo vigilancia de grado 4, Mateo se arrastró hasta el sector bajo del mercado de desguace. El aire aquí estaba cargado con el polvo de los sueños rotos de otros pilotos. El Viejo Silas lo esperaba, hundido en una silla de trabajo, rodeado de chatarra que alguna vez fue tecnología de vanguardia.
—El Bastardo no está en el depósito principal —escupió Silas, sin mirarlo—. Lo movieron hace dos horas a una bóveda de alta seguridad. Quieren desmantelarlo, Mateo. Buscan el registro 7-Beta.
Mateo sintió un nudo en el pecho. La confiscación era una ejecución técnica. Silas lanzó una pequeña unidad de datos sobre la mesa metálica. —Es un dispositivo de hackeo de corto alcance. Podría abrir la puerta de la bóveda, pero el precio de usarlo será una deuda que no podrás pagar con créditos. Es deuda de sangre, Mateo.
Antes de que pudiera responder, su terminal vibró. Un mensaje encriptado de un remitente desconocido apareció en la pantalla, acompañado de una foto de su bastidor siendo desarmado. El texto era breve y frío: «Sé lo que escondes en tu bastidor, Varga. Los auditores no encontrarán el registro si sabes a quién pagar. Ven al callejón del Sector 4, o mañana serás un ex-piloto sin nada más que deudas».
Mateo corrió hacia los callejones industriales, donde el olor a ozono quemado y desesperación rancia dominaba el ambiente. Un hombre encapuchado, el 'Fixer', emergió de la penumbra. —Tu bastidor está en el depósito de inspección. La pregunta no es si es chatarra, sino cuánto tiempo tardarán en borrar la evidencia de tu fraude —dijo el Fixer, con una voz como grava triturada.
Mateo no dudó. Aceptó el kit de refrigeración de vanguardia que el desconocido le ofrecía. Era una trampa, lo sabía, pero era la única forma de ocultar la firma energética. Al instalar las piezas en el taller secreto de Silas, el Bastardo pareció cobrar vida, pero al llevar el sistema al 90% de potencia para una prueba de diagnóstico, el sistema de refrigeración emitió un chillido metálico y comenzó a fallar críticamente. El tiempo se agotaba; la clasificación estaba a horas de distancia y su bastidor, aunque mejorado, se desmoronaba bajo el peso de su propia ambición.