Ascenso en la escalera pública
El aire en la Bahía de Lanzamiento 4 sabía a ozono quemado y a la amargura del metal recalentado. Mateo Vega ajustó el arnés de 'El Bastardo', sintiendo cómo el chasis, un amasijo de soldaduras reforzadas, crujía bajo la vibración de la Sincronización de Núcleo Inestable. Faltaban veintinueve días para el bloqueo de la temporada. Cada segundo que el sistema de la Academia escaneaba a su máquina era una soga apretándose un poco más.
—Cadete Vega, su firma energética es inconsistente —la voz metálica del técnico de guardia resonó por el intercomunicador, fría y desprovista de humanidad—. El sensor detecta una fluctuación fuera de los parámetros permitidos. Repita la secuencia de calibración o será descalificado de la prueba de clasificación.
Mateo apretó los dientes, el sudor resbalando por su nuca. Si el escáner identificaba la técnica prohibida, su deuda familiar sería ejecutada antes del atardecer.
—Es un error de lectura en el sensor de presión del servomotor —respondió, manteniendo la voz firme, casi indiferente—. El Bastardo es viejo, pero estable. Realizaré una purga manual.
Sin esperar respuesta, activó el puenteo manual. Fue una maniobra de milisegundos: desvió la carga del núcleo principal hacia una batería auxiliar desechable justo cuando el escáner pasaba. El sistema se bloqueó, confundido por la firma errática, y finalmente, con un chasquido mecánico, autorizó el despliegue. El panel de control parpadeó en rojo: integridad estructural al 65%. Mateo soltó el aire, sintiendo el peso de la máquina como si fuera su propio cuerpo.
Minutos después, la Arena de Pruebas Públicas bullía. Frente a él, el 'Céfiro' de Aris, un cadete de clase media, brillaba con la arrogancia de quien nunca ha tenido que soldar su propia armadura.
—Chatarrero —la voz de Aris resonó por el canal público, amplificada para deleite de las gradas—. Si te retiras ahora, quizás no tengamos que limpiar tus restos del suelo.
Mateo no respondió. Activó la Sincronización. El motor de El Bastardo soltó un gemido agudo y el bastidor comenzó a vibrar con una intensidad que le recorrió la columna. La señal de inicio estalló en las pantallas. Aris se lanzó hacia adelante, su bastidor moviéndose con una fluidez computarizada. Mateo sintió el impacto de un proyectil de entrenamiento contra su hombro derecho; el metal se astilló, pero él no frenó. Esperó el milisegundo exacto, sobrecargó los propulsores y ejecutó un giro en barrena prohibido. El Bastardo se convirtió en un borrón de acero y chispas, esquivando el ataque de Aris y posicionándose detrás de su punto ciego. Con un impacto preciso, Mateo inutilizó el actuador de la pierna de su rival. El Céfiro colapsó. La multitud estalló en murmullos: el Chatarrero acababa de humillar a un modelo de élite.
El triunfo, sin embargo, se evaporó al entrar en la Oficina de Registro. El Administrador Thorne no levantó la vista de su tableta al verlo entrar. Sus dedos se movían con una cadencia clínica, destruyendo el progreso de Mateo en segundos.
—Cadete Vega. El Bastardo ha registrado una anomalía de energía durante su última prueba. Un pico de potencia que ignora todas las especificaciones de fábrica —dijo Thorne, dejando caer el dispositivo sobre el escritorio con un golpe seco—. La Academia no tolera el uso de componentes no autorizados. La multa por mantenimiento correctivo y la penalización por riesgo de seguridad absorben la totalidad de sus ganancias por el ascenso de rango.
Mateo sintió cómo el estómago se le encogía. Su cuenta de recursos estaba en cero. Estaba en números rojos, con un mecha que se desmoronaba y el sistema cerrándole cada puerta.
Al regresar al hangar, el hedor a metal quemado era asfixiante. Valeria Thorne emergió desde la pasarela superior, su uniforme impecable contrastando con el hollín de Mateo. Ella no caminaba; desfilaba. Se detuvo a pocos metros, observando el mecha con un desprecio calculado.
—Has subido doce puestos. Un truco barato para un chatarrero —dijo ella, con una frialdad que helaba la sangre—. La administración ya ha marcado la anomalía de energía en tu registro. No es una sospecha, es una certeza. Disfruta tu pequeña victoria, Mateo. La próxima prueba no será en una arena controlada, y el sistema ya ha decidido que tu bastidor no sobrevivirá al próximo impacto.
Mateo se quedó solo en el silencio del hangar. El temporizador marcaba 28 días. Sabía que ella no estaba fanfarroneando; el sistema no solo quería fuera al Chatarrero, quería que fuera destruido.