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Chapter 3: El peso del legado

Elena descubre pruebas de que su divorcio fue orquestado por Rodrigo con ayuda interna de la empresa de Julián. Durante la confrontación, Julián admite conocer parte de la red de Rodrigo pero no la magnitud. La tensión aumenta cuando la matriarca Varela irrumpe, obligándolos a mantener su farsa de compromiso bajo un escrutinio implacable.

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El peso del legado

El despacho de Julián Varela en el piso cuarenta olía a cuero antiguo y al ozono del aire acondicionado; una frialdad calculada que encajaba con el hombre que la habitaba. Eran las once de la noche. Elena no debería haber estado allí, pero la curiosidad —esa chispa de instinto de supervivencia que Rodrigo le había intentado extirpar durante años— era ahora su única brújula. Julián había salido para atender una llamada sobre la fusión, dejándola sola bajo la luz cenital de su escritorio.

Elena se acercó a la mesa de caoba, sus dedos rozando la superficie hasta detenerse en un dossier de cuero negro, apartado del resto de los documentos corporativos. No tenía nombre, solo una fecha que coincidía con el inicio de su calvario legal. Al abrirlo, el aire se le escapó de los pulmones. Eran notas de transferencia bancaria, estados de cuenta de empresas fantasma y firmas legales que conectaban a Rodrigo con una red de desvío de fondos que, en teoría, pertenecían a la constructora de Julián. Pero lo que le heló la sangre fue el documento final: un contrato de 'Liquidación de Activos' redactado meses antes de que Rodrigo siquiera le pidiera el divorcio. Su exmarido no solo había planeado dejarla; había orquestado su caída financiera con la ayuda de alguien dentro de esta misma empresa.

El sonido de la puerta abriéndose la sobresaltó. Julián entró, su silueta recortada contra el pasillo iluminado. No se sorprendió de encontrarla allí; sus ojos oscuros, fríos como el acero, escanearon la mesa y luego a ella. Elena, lejos de ocultar el documento, lo sostuvo con firmeza.

—No es un error de contabilidad, Julián —dijo, dejando caer el informe sobre el cristal. El sonido seco resonó en el despacho—. Mi divorcio no fue la disolución de un matrimonio. Fue una liquidación de activos diseñada para dejarme sin voz en la junta de mañana. Y tú lo sabías.

Julián detuvo su paso, observándola con una intensidad que no admitía negaciones.

—Sabía que Rodrigo estaba orquestando algo —respondió, su voz precisa y carente de calidez—. Pero no conocía la profundidad de su red hasta que vi los documentos que encontraste. Mi interés es la constructora, Elena. No tu vida personal, aunque ambas estén colisionando ahora mismo.

—Mi vida personal es el 50% de las acciones que necesitas para esa fusión —replicó ella, dando un paso adelante—. Si mañana la junta no aprueba el acuerdo, mi posición como accionista mayoritaria quedará invalidada. Necesito saber si Valles es el topo o si solo es un chivo expiatorio para tus propios fines.

Julián se acercó, rodeando el escritorio con una parsimonia que cortaba el aire. Se detuvo detrás de ella, sus manos apoyándose en el respaldo de la silla con una proximidad que Elena no pudo ignorar. El aroma a sándalo la envolvió.

—La desconfianza es un lujo que no puedes permitirte, Elena —murmuró, inclinándose hasta que sus labios rozaron apenas su oído—. Pero si quieres jugar a la investigadora, asegúrate de no quemar las pruebas que te mantienen a flote. Si mañana sobrevivimos, te daré acceso total. Por ahora, limítate a ser la mujer que Rodrigo cree que ha derrotado. Es nuestra mejor ventaja.

La tensión se volvió física cuando Julián, notando el agotamiento de Elena tras horas de preparar la estrategia para la junta, dejó caer su fachada. Por un segundo, su mano se posó sobre la de ella, un gesto protector que desmentía su frialdad. Fue una tregua silenciosa, una promesa de que, al menos por esta noche, el enemigo común los mantenía del mismo lado.

Pero el momento se rompió por el zumbido de su teléfono: una llamada urgente anunciaba la llegada imprevista de la matriarca Varela. Antes de que pudieran reaccionar, la puerta se abrió de par en par. Beatriz Varela entró como si fuera dueña del aire, sus ojos recorriendo a Elena con la precisión de un bisturí. Julián reaccionó al instante, rodeando la cintura de Elena con una firmeza que no admitía réplicas. El contacto era eléctrico, una advertencia silenciosa: no rompas el personaje.

—He oído rumores —sentenció Beatriz, sin molestarse en saludar—. Dicen que mi hijo se ha comprometido con una mujer cuya reputación está siendo descuartizada. ¿Es cierto que pretendes arrastrar nuestro apellido por el fango, Julián?

Elena sintió el impulso de retroceder, pero la presión de Julián la mantuvo anclada. El riesgo era total: si la matriarca lograba desestabilizarla, la fusión y su red de seguridad se desmoronarían antes del amanecer. Ella levantó la barbilla, sosteniendo la mirada de la mujer que, sin saberlo, acababa de entrar en el juego más peligroso de sus vidas.

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