La primera mentira pública
El aire en la suite del St. Regis era tan gélido como el contrato que Elena Valdés acababa de firmar. Frente al espejo, se ajustó el vestido de seda oscura, una armadura que no había elegido, pero que necesitaba para sobrevivir a la gala de esa noche. A sus espaldas, Julián Varela revisaba su tableta con la parsimonia de quien no conoce la derrota.
—La junta de mañana no será una negociación, Elena. Será una ejecución —dijo Julián sin levantar la vista—. Rodrigo ha filtrado rumores sobre tu inestabilidad. Si quieres conservar ese cincuenta por ciento, debes ser la mujer más fría de la sala. No la víctima, sino la socia.
Elena se giró, el roce de la seda contra su piel recordándole la fragilidad de su posición. —Sé perfectamente lo que está en juego. No necesito lecciones de actuación, necesito saber si tus socios están convencidos de nuestra farsa. Si esto falla, ambos perdemos.
Julián dejó la tableta sobre la mesa de mármol y se acercó. Sus pasos eran precisos, calculados. Se detuvo a centímetros de ella, invadiendo su espacio personal con la intención deliberada de medir su reacción. De su bolsillo extrajo un estuche de terciopelo. Dentro, un collar de diamantes, una pieza que gritaba compromiso y, sobre todo, una pertenencia que ella no estaba dispuesta a aceptar sin condiciones. Mientras él ajustaba el broche, sus dedos rozaron la nuca de Elena con una precisión quirúrgica, estableciendo una proximidad física que ambos encontraron inquietante.
—Es una herramienta de estatus —dijo él, su voz bajando un tono—. Úsala. El mundo no perdona a una mujer que parece haber perdido su dote. Si quieres recuperar tu agencia, empieza por parecer dueña de la habitación.
Horas después, el salón de gala del hotel era un campo de batalla de perfumes caros y veneno destilado. Elena ajustó el broche, sintiendo cómo los ojos de la élite de Ciudad de México se clavaban en su espalda como estiletes. Julián, a su lado, era una presencia sólida, casi metálica. Su mano se cerró sobre la cintura de Elena con una firmeza que no dejaba lugar a dudas: era una posesión estratégica, una declaración de guerra silenciosa.
—Recuerda el guion —susurró él, su aliento rozando su oído—. Somos una fusión de activos. Nada más.
Rodrigo, su exmarido, se acercó con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. —Elena, qué sorpresa ver que has encontrado un nuevo patrocinador tan rápido. Julián, espero que sepas que ella es un activo de alto mantenimiento.
La tensión en el salón se hizo casi física. Julián no retrocedió. En lugar de eso, atrajo a Elena más cerca, bloqueando el camino de Rodrigo con una elegancia letal.
—Rodrigo, tu fijación por los asuntos de mi prometida es casi tan patética como la forma en que gestionaste tus cuentas compartidas —replicó Julián, su voz cortante—. Quizás deberías preocuparte por la auditoría de mañana en lugar de intentar menospreciar a la mujer que ahora tiene el poder de decidir tu futuro en la constructora.
Rodrigo palideció, su arrogancia desmoronándose ante la frialdad de Julián. Sin esperar respuesta, Julián guio a Elena hacia la pista de baile. Mientras se movían al ritmo del vals, el subtexto de su conversación era un duelo de poder.
—Has marcado territorio —dijo ella, manteniendo su mirada fija en el horizonte—. Pero esto no es solo por mí, ¿verdad?
Julián la miró, y por un segundo, la máscara de magnate se agrietó. —Mi reputación es mi activo más valioso, Elena. Y ahora mismo, tú eres la única que puede salvarla. Pero no te equivoques: la protección tiene un precio. Mañana, durante la junta, vigilarás a mi socio, Valles. Sospecho que él es quien ha estado filtrando información a Rodrigo.
La música terminó, pero el contacto persistió un segundo más de lo necesario, una chispa eléctrica que los obligó a separarse. Al salir del salón, los fotógrafos los rodearon. Julián tomó la mano de Elena con una pose de amante devoto, sus dedos entrelazándose con firmeza. Sin embargo, mientras los flashes cegaban sus sentidos, él se inclinó hacia ella una vez más.
—No te acostumbres a la calidez —susurró, su voz desprovista de cualquier rastro de emoción—. Esto es solo actuación.
Elena apretó la mandíbula, obligándose a sonreír para las cámaras. Sabía que el costo de esta farsa estaba empezando a subir. Al regresar a la oficina de Julián para recoger unos documentos, una puerta entreabierta llamó su atención. Dentro, sobre el escritorio, un sobre con su nombre y una fecha anterior a su divorcio capturó su mirada. Al abrirlo, el mundo se detuvo: el divorcio no había sido una coincidencia, sino un plan orquestado desde las sombras.