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Chapter 3: La lista de sentencias

Elena se infiltra en el servidor central bajo la vigilancia de Varga. Al sacrificar la credencial de Mateo para acceder al archivo, descubre que el Libro Negro es una lista de ejecuciones. El primer nombre es el de un periodista que creía muerto. Elena es descubierta, destruye su teléfono para proteger la información y queda atrapada mientras el contador de la purga se acelera.

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La lista de sentencias

El aire en la sala de servidores del Estudio Montejo no era solo frío; era un vacío estéril diseñado para preservar datos y asfixiar voluntades. Elena Valdés observaba el contador digital sobre la consola principal: 137:42:10. Cada segundo que transcurría, una parte de la existencia de Sofía Montejo era borrada del servidor central. Fotos, registros académicos, hasta la huella digital de sus cuentas bancarias desaparecían en una purga silenciosa.

Julián Varga estaba parado justo detrás de ella. Su presencia no era la de un jefe, sino la de un carcelero que disfrutaba de la humillación ajena. Su mano, pesada y fría, se posó sobre el hombro de Elena.

—No te detengas, Elena —susurró Varga, su voz un filo de seda—. La opinión pública no necesita una heredera rebelde. Necesita una ausencia decorosa. Si el sistema detecta una pausa, el sistema detectará una traición. Y ya vimos lo que le ocurrió a Mateo por ser curioso.

Elena sintió un nudo de bilis. Sus dedos se movían con una agilidad mecánica, ejecutando la purga, pero su mente estaba en el archivo encriptado que había logrado extraer antes de que Varga le revocara el acceso administrativo. Mateo ya estaba pagando el precio en el sótano; ella era la siguiente si no mantenía la fachada.

Cuando Varga se retiró para atender una llamada en el ala privada, Elena no perdió un segundo. Necesitaba sortear el cortafuegos central. Utilizó la secuencia de emergencia que Mateo le había dejado, una llave maestra que exigía un sacrificio: la quema definitiva de la credencial de su aliado. Al ejecutar el comando, el nombre de Mateo desapareció de los registros de empleados, condenándolo al olvido corporativo. El sistema parpadeó, y Elena, usando la copia de seguridad biométrica del iris de Sofía que había ocultado en su terminal, logró forzar la entrada al archivo maestro.

Lo que encontró no era un registro de activos, sino una bitácora de crímenes. El Libro Negro no era historia; era una lista de sentencias de muerte activas. Nombres, fechas y estados marcados en rojo: Ejecutado, Accidente, Desaparecido. Cada entrada era una vida sacrificada para proteger el poder de los Montejo. Elena sintió un vacío gélido al ver el primer nombre en la lista de pendientes: Javier Solís. El periodista de investigación que todos daban por muerto en un accidente de coche tres años atrás. Estaba marcado como 'pendiente de resolución final'.

El terror le recorrió la espalda al bajar por la lista. Sofía Montejo no era una víctima colateral; era la siguiente en la fila de ejecución. Y al final de todo, justo debajo de su propia firma de acceso, Elena encontró su nombre: Elena Valdés - Prioridad secundaria.

Un eco de pasos firmes resonó en el pasillo. Varga regresaba, flanqueado por guardias. Elena escondió el dispositivo, pero el sistema de seguridad, alertado por la intrusión, comenzó a emitir un pitido estridente. La purga digital se aceleró, el contador saltando a 132 horas. Elena comprendió que el juego había terminado: Varga sabía que ella había visto el Libro Negro. Mientras los guardias irrumpían, Elena arrojó su teléfono al interior de la unidad de refrigeración del servidor, sellando su única conexión con la verdad mientras el pánico le cerraba la garganta. La salida estaba bloqueada, el reloj no se detenía y, por primera vez, Elena supo que no estaba investigando una desaparición, sino su propia sentencia de muerte.

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