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Chapter 2: El costo de la curiosidad

Elena intenta borrar su rastro tras ser detectada por el sistema de seguridad de Varga, pero el costo es la detención de su único aliado, Mateo. Varga la confronta y la obliga a participar en la purga digital de Sofía, mientras le revoca todos sus accesos. Elena queda bajo vigilancia total, pero descubre que el Libro Negro contiene nombres de personas que deberían estar muertas.

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El costo de la curiosidad

El zumbido del aire acondicionado en el estudio de postproducción de Montejo Media no era un sonido, era una advertencia. Elena Valdés observaba el contador digital en la esquina de su monitor: 139:42:15. Seis días. Cada segundo que pasaba, el rastro digital de Sofía Montejo se desvanecía, borrado por un algoritmo de purga diseñado para que la heredera nunca hubiera existido.

Sus dedos, fríos y rígidos, volaban sobre el teclado. Había logrado infiltrarse en el nodo de encriptación nivel dos, un sector restringido donde la jerarquía de Montejo Media protegía sus secretos más oscuros. El archivo que Sofía le había dejado no era un documento; era una llave maestra, una estructura de datos diseñada para desmantelar la fachada de la familia desde adentro.

—Vamos, Sofía —susurró Elena. Su voz se perdió en la inmensidad estéril del estudio.

De repente, la pantalla se tiñó de un rojo agresivo. ACCESO NO AUTORIZADO. ALERTA DE SEGURIDAD NIVEL 4. El corazón de Elena se detuvo. Había cometido un error de cálculo: la encriptación no era una protección, era un cebo. Su firma biométrica acababa de quedar registrada en el servidor central de Julián Varga.

Elena se levantó, tratando de mantener una calma que no sentía. Bajó al sótano, donde el aire era gélido y el silencio, absoluto. Allí, Mateo, el único técnico de TI que le debía un favor, trabajaba con una urgencia febril.

—No deberías estar aquí —dijo Mateo sin mirarla, sus dedos golpeando las teclas con violencia—. El protocolo de Varga se disparó hace diez minutos. Buscan una intrusión externa, pero el rastro lleva directamente a tu terminal, Elena.

—Necesito que lo borres, Mateo. Todo el registro de mi acceso al archivo de Sofía —Elena le puso una mano en el hombro, sintiendo el temblor del hombre—. Si esto llega a la junta, me destruirán.

Mateo se detuvo y miró hacia la puerta de seguridad. Sus ojos estaban inyectados en sangre.

—No es solo la junta, es Varga. Él no busca errores, busca traidores. Si borro ese rastro, yo también quedo marcado. ¿Qué hay ahí dentro que valga tu carrera?

Antes de que ella pudiera responder, la puerta se abrió de par en par. Dos agentes de seguridad, con el emblema de la firma grabado en sus uniformes, entraron sin una palabra. No hubo preguntas, solo una eficiencia brutal. Mateo fue levantado de su silla y arrastrado hacia afuera. Antes de desaparecer por el pasillo, giró la cabeza hacia Elena.

—No busques nombres —gritó con la voz quebrada—, busca fechas.

Diez minutos después, Elena estaba de pie en el despacho de Julián Varga. El aire allí era artificial, con una fragancia de ozono y cuero. Varga no se levantó. Seguía observando una de las pantallas de pared, donde el feed en vivo de la tarde se repetía en bucle, mostrando el vacío donde debió estar Sofía Montejo.

—Elena, qué eficiencia la tuya —dijo Varga, sin girarse—. Siempre apareces justo donde ocurren los errores de sistema.

Elena mantuvo las manos cruzadas, ocultando el temblor de sus dedos. La lealtad, descubrió, era una máscara que pesaba más de lo que recordaba.

—Solo intentaba asegurar la integridad del archivo de la señorita Montejo, señor Varga —respondió ella, forzando la voz a un tono neutro.

Varga se giró finalmente. Su sonrisa era un ejercicio de precisión quirúrgica. Caminó hacia ella, sus zapatos resonando sobre el mármol como un metrónomo implacable. Se detuvo a una distancia que violaba su espacio personal.

—La integridad de los Montejo es mi única prioridad. Y tú, Elena, acabas de demostrar que no eres capaz de mantener el orden. Por lo tanto, te daré una nueva tarea: organizarás los archivos de 'despedida' de Sofía. Serás tú quien se encargue de que no quede rastro de ella en nuestros servidores.

Elena regresó a su estación de trabajo, sintiendo el peso de la trampa. Al intentar acceder a su terminal, la pantalla parpadeó con un rojo clínico: Acceso denegado. La cámara de seguridad sobre su escritorio, esa pequeña cúpula de cristal que siempre creyó que servía para medir la productividad, giró con un leve zumbido mecánico. Se detuvo, apuntando directamente a sus ojos. En la pantalla principal, el salvapantallas de la empresa desapareció, reemplazado por la imagen de la oficina de Julián Varga. Él no estaba mirando a la cámara, sino a sus propios monitores, con una expresión de aburrimiento letal, mientras, con un solo clic, borraba su acceso administrativo. El juego de gato y ratón había comenzado.

Elena miró el contador: 138:00:00. Tenía el archivo en su dispositivo personal, pero ya no tenía forma de abrirlo dentro del sistema. Y lo peor estaba por venir: al revisar los metadatos de la primera carpeta, un nombre apareció en la pantalla, parpadeando en la oscuridad: el primer nombre en el Libro Negro era el de alguien que Elena creía muerto hacía años. El reloj se aceleró.

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