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Chapter 2: El costo de la curiosidad

Julián Varga descubre que el Patriarca ha bloqueado sus finanzas, forzándolo a recurrir a un hacker en un barrio inundado. Al intentar descifrar el dispositivo de Elena, Julián descubre que ella lo ha incriminado como chivo expiatorio de los desfalcos familiares, justo antes de quedar encerrado en una bóveda de seguridad.

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El costo de la curiosidad

El cajero automático del centro comercial parpadeó con un verde clínico, casi burlón, bajo la luz mortecina del vestíbulo. Julián Varga introdujo su tarjeta corporativa por tercera vez. El aire, viciado por el olor a café quemado y la humedad que se filtraba por las juntas de las ventanas, se volvió repentinamente irrespirable.

Operación denegada. Contacte a su sucursal —anunció el mensaje.

Julián apretó los dientes, el pulso golpeándole en las sienes. No era un error técnico; era un mensaje directo del Patriarca. Apenas habían pasado ocho horas desde que se infiltró en la mansión Varga para recuperar el dispositivo de Elena. Ahora, con 136 horas restantes antes de que el servidor central borrara todo rastro de la purga, su yugular financiera había sido cortada. Su fachada de consultor neutral se acababa de desmoronar. Era un paria.

Salió a la lluvia, que caía con una violencia sucia sobre el distrito financiero, y se dirigió a La Ribera. El sótano de 'El Mudo' olía a ozono y alcantarilla vieja. El agua subía apenas unos milímetros, lamiendo sus zapatos de cuero, mientras el zumbido de los servidores caseros llenaba el espacio.

—Si esto es otra trampa, Julián, te prometo que el siguiente en ser purgado serás tú —masculló El Mudo, sin apartar la vista de sus monitores.

Julián deslizó el dispositivo sobre la mesa. Para obtener esta ayuda, había tenido que entregar la clave de auditoría de los Varga, un secreto que garantizaba su despido y una visita de los encargados de la 'limpieza' familiar. El Mudo conectó el hardware. La pantalla parpadeó. No había listas, ni nombres, sino una estructura de nodos de chantaje digital.

—Es una red, Julián. Y acaban de detectar nuestra consulta —advirtió El Mudo, palideciendo—. Tienes un servidor de respaldo en la zona antigua. Si vas ahora, quizás alcances a descargar la ruta, pero el sistema ya sabe que alguien está hurgando.

Julián corrió. Mientras cruzaba los callejones del centro histórico, el reflejo en un escaparate roto le confirmó el miedo que le recorría la espalda: un sedán negro, con las luces apagadas, avanzaba a paso de hombre, dos calles atrás. La familia no enviaba advertencias; estaban cerrando el cerco. El sonido del motor, grave y pesado, cortó el murmullo de la tormenta. Julián se lanzó hacia un laberinto de basura y grafitis que conocía por sus años de consultor, pegándose a la pared húmeda hasta que el vehículo pasó de largo.

Llegó al edificio de oficinas abandonado, un centro de datos de alta seguridad que albergaba el nodo final. Entró, con el corazón martilleando contra sus costillas. Apenas quedaban 130 horas. Frente a él, la terminal parpadeaba en un azul estéril. Sus dedos, entumecidos por el frío, teclearon los comandos. Cuando el cursor se detuvo sobre el archivo raíz, el horror lo golpeó: no era la lista del 'Libro Negro' que esperaba, sino un script de borrado remoto con su propio nombre como origen del acceso. Elena no solo había robado la información; lo había incriminado como el chivo expiatorio de los desfalcos familiares.

El sistema emitió un pitido agudo. Las puertas de la bóveda se sellaron con un estruendo metálico, encerrándolo en la oscuridad. Una alarma silenciosa comenzó a inundar el edificio con la certeza de seguridad armada en camino. Estaba atrapado, sin dinero, sin aliados y con la trampa de Elena cerrándose a su alrededor.

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