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Chapter 1: Seis días para el silencio

Julián Varga recibe una nota de voz de su prima Elena, desaparecida, revelando que su huida es una purga familiar vinculada al 'Libro Negro'. Tras infiltrarse en la mansión Varga para recuperar un dispositivo encriptado, Julián intenta acceder a la información, pero el sistema de seguridad familiar detecta la intrusión y borra los datos, dejando solo una coordenada. El capítulo cierra con el bloqueo de sus cuentas bancarias, confirmando que la familia lo ha identificado como una amenaza.

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Seis días para el silencio

El zumbido del servidor desechable, oculto tras el falso panel de mi oficina, era el único sonido que desafiaba la madrugada. Afuera, la lluvia de la capital no caía; se estrellaba contra los cristales con una violencia rítmica, intentando borrar cualquier rastro de la ciudad. Pero el dispositivo en mi escritorio no se dejaba silenciar. La luz roja que parpadeaba en su interfaz era un latido artificial que me quemaba los ojos.

Al presionar el botón, la voz de Elena de la Torre, distorsionada por estática, llenó el despacho. Sonaba afilada, carente de la fragilidad que la prensa le atribuía tras su supuesta desaparición.

—Julián, si escuchas esto, el Patriarca ya habrá vendido la versión de mi huida voluntaria —dijo, y su voz se quebró un segundo antes de recuperar la frialdad—. No me fui. Me purgaron porque encontré la llave del Libro Negro. Tienes exactamente ciento cuarenta y cuatro horas antes de que el servidor central borre todo rastro de mi existencia. Si no conectas las coordenadas, seré solo un rumor olvidado en la nómina de la familia.

El audio terminó con un chasquido metálico. Seis días. Ciento cuarenta y cuatro horas para desenterrar la red de chantaje que sostenía el poder de los Varga. Elena no estaba huyendo; estaba siendo borrada, y yo era el único testigo que aún conservaba la capacidad de gritar.

*

La mansión Varga era un mausoleo de cristal y acero. Ajusté mi corbata, sintiendo el nudo como una soga invisible. El Patriarca me esperaba en su estudio, una estancia donde la luz de las lámparas se fragmentaba en las vitrinas, creando sombras que parecían observar cada uno de mis movimientos.

—Julián —dijo, su voz era un bisturí envuelto en seda—. Has llegado tarde. O quizás, demasiado pronto para los planes de tu prima.

—El tráfico es imposible con este diluvio, señor —mentí, manteniendo mi máscara de consultor. Mis manos, ocultas en los bolsillos, estaban húmedas por el esfuerzo de no temblar—. Solo vine a organizar los activos digitales de Elena. Es un riesgo de seguridad que no podemos permitirnos.

El Patriarca soltó una carcajada seca. Se levantó, caminando hacia mí con una lentitud depredadora. En un descuido calculado, mientras él se servía un trago, me deslicé hacia el escritorio de Elena. Bajo el marco de una fotografía familiar, mis dedos encontraron una protuberancia inusual: un dispositivo de almacenamiento encriptado. Lo guardé en mi chaqueta justo cuando él se giró.

—Los activos de Elena son ahora responsabilidad del consejo —dijo, acercándose lo suficiente para que pudiera oler el tabaco caro en su aliento—. La lealtad a la sangre es una cosa, pero la lealtad al orden es lo que mantiene este imperio de pie.

Salí del despacho con el dispositivo quemándome el costado, sintiendo la mirada de la seguridad privada sobre mi nuca.

*

Dentro de mi auto, el aguacero transformaba el mundo en una mancha borrosa. Conecté el dispositivo al portátil. La pantalla parpadeó, una luz azul pálida que iluminaba las ojeras de mi rostro. El software de desencriptación comenzó a devorar las capas de seguridad, pero la urgencia del contador de 144 horas latía en mi pecho.

—Vamos, Elena —susurré.

De repente, una ventana emergente tiñó la pantalla de un rojo agresivo: Intrusión detectada. Protocolo de purga activado.

El sistema de seguridad de la familia no estaba bloqueando mi acceso; estaba ejecutando una orden de tierra quemada. Vi cómo las carpetas y los registros del Libro Negro se borraban en cascada, una purga digital que eliminaba décadas de corrupción en segundos. El servidor se desmoronaba para protegerse, llevándose la verdad al abismo.

El dispositivo vibró violentamente. La conexión se cortó de golpe. En la pantalla negra, solo quedó una única coordenada parpadeando, un último residuo antes de que el servidor se autodestruyera por completo, dejándome a oscuras.

Mi teléfono vibró en el tablero. Un mensaje corto de mi banco: Cuenta bloqueada por orden ejecutiva. Contacte con el administrador de cuentas de Varga Holding.

El aislamiento era total. Estaba marcado. Y el reloj, implacable, seguía contando.

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