La caída de los peones
El aire en la cocina del Restaurante Salvatierra no era el de un refugio; era el de un búnker de guerra. Álvaro Sanz observaba la pantalla de la laptop donde Lucía Baeza, con los dedos aún temblorosos, actualizaba el portal de noticias financieras. Doña Irene, inamovible, vigilaba la entrada desde las sombras del comedor, sus manos apretando el delantal como si fuera un escudo contra el mundo exterior. En la pantalla, los titulares parpadeaban: tres de los principales testaferros de la licitación de infraestructura habían sido arrestados al amanecer. El escudo de impunidad de Arriaga comenzaba a agrietarse.
—Están cayendo, Álvaro —susurró Lucía, señalando un nombre en la lista de detenidos—. El director de obras públicas. Es el eslabón que conecta a Arriaga con la falsificación de los documentos municipales. Si lo interrogan, la red de lavado de la deuda pública quedará al descubierto.
Álvaro no sonrió. La justicia era una demolición calculada. Tomó el sello de lacre familiar, el mismo que Arriaga había usurpado para legitimar sus robos, y lo dejó caer sobre la mesa de acero. El sonido metálico resonó con una frialdad absoluta.
—Arrestarlos es solo el inicio. Arriaga intentará quemar los registros restantes antes de que la fiscalía llegue a su oficina. Tenemos que forzar su mano ahora.
Mientras tanto, en el piso cuarenta de la torre corporativa, Federico Arriaga contemplaba la ciudad con la mirada de un hombre que ve su propio funeral. El zumbido de la trituradora de papel era el único sonido en la oficina blindada. Tomás Requena, su operador de confianza, estaba encogido frente al escritorio, con el rostro sudoroso.
—El fiscal ya tiene los nombres, Federico —balbuceó Requena—. Sanz no es un simple exiliado. Ha convertido el restaurante en un archivo de nuestras operaciones. Si no cerramos esto, no solo perderemos la licitación, perderemos la libertad.
Arriaga se levantó lentamente, rodeando el escritorio con la calma de un depredador que ya ha decidido a quién sacrificar.
—Tu incompetencia es el eslabón que voy a romper para salvar el resto de la cadena, Tomás. Si el fiscal pregunta, tú fuiste quien falsificó el sello. Firma la confesión y desaparecerás antes de que la policía rodee este edificio. Es tu única salida.
Requena miró el papel, luego a Arriaga, y finalmente comprendió la verdad: era solo un peón, y el rey ya lo había entregado. Su traición contra su propio jefe comenzó a gestarse en ese mismo instante.
El Restaurante Salvatierra se había transformado en el epicentro de la tormenta. Los inversores de la red de Arriaga, hombres poderosos que hasta ayer caminaban con la arrogancia de quienes compran leyes, llegaron al local buscando una salida desesperada. Ortega, el más prominente, entró con aire autoritario, pero al ver a Álvaro de pie, custodiando la entrada con la calma de un verdugo, su arrogancia se desmoronó.
—El ambiente aquí está muy cargado, Sanz —dijo Ortega—. Entreguen los archivos. Sabemos que están aquí. Arriaga quiere que esto termine hoy.
Álvaro caminó hacia ellos, cada paso resonando con una autoridad que no requería de gritos.
—Arriaga ya no tiene voluntad de mando —respondió, su voz gélida cortando el murmullo de la sala—. La purga que él mismo inició para salvarse ha terminado por exponerlos a todos. Si quieren salvar su patrimonio, dejen de buscar a Arriaga y empiecen a buscar un abogado. El tablero ha cambiado.
La presión en el salón alcanzó su punto máximo cuando Arriaga, en un último acto de soberbia, irrumpió en el restaurante. Esperaba encontrar a un Álvaro derrotado, pero se topó con un salón lleno de sus propios inversores, quienes, al verlo entrar, se levantaron de sus asientos. El silencio que siguió fue más devastador que cualquier grito. Arriaga se quedó solo en el centro del salón, rodeado por las miradas frías de quienes antes le debían pleitesía. La primera serie de arrestos golpeaba a sus aliados; el tablero de poder temblaba bajo los pies del magnate, dejándolo solo ante la mirada de quien estaba a punto de dictar los términos de su caída.