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Chapter 8: La confesión del testigo

Julián obtiene la confesión definitiva del contador sobre el Secretario General, confirmando que es el 'Jefe Sombrío'. Tras una tensa revelación telefónica con Elena sobre su pasado militar, Julián neutraliza a los sicarios en el almacén mediante una maniobra táctica y se prepara para infiltrar la gala del Secretario.

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La confesión del testigo

El aire en el Almacén 14 era una mezcla espesa de salitre, óxido y el olor acre del combustible diésel. Julián Varga se mantenía en la penumbra, con el cuerpo tenso y los sentidos afinados como los de un depredador que conoce el terreno mejor que sus cazadores. A sus pies, el contador —un hombre gris cuya existencia se reducía a los números que había manipulado— temblaba, aferrándose a un maletín como si fuera un crucifijo.

—El Secretario General —susurró el hombre, con la voz quebrada por un terror que le impedía articular más de dos palabras seguidas—. Él dio la orden. Él supervisó el desvío de los fondos y firmó la sentencia de expropiación contra los Varga. No es solo un político, Julián. Es el arquitecto de esta ruina.

Julián no necesitó más. La grabación, ya guardada en el bolsillo interior de su chaqueta, era la llave que abriría las puertas del infierno para aquellos que habían creído que el apellido Varga era un cadáver enterrado. Pero la realidad golpeó con la fuerza de un ariete: el chirrido de neumáticos frenando sobre el hormigón exterior y el ritmo metódico de botas tácticas confirmaron que el tiempo se había agotado. Los sicarios del Secretario no venían a interrogar; venían a borrar la evidencia y a quien la portara.

—Escúchame —la voz de Julián, cortante y gélida, obligó al contador a mirarlo—. Ese maletín es tu única moneda de cambio. Muévete hacia el muelle norte, mantente bajo y no mires atrás. Si te detienes, mueres.

El hombre asintió, pálido, y se perdió en las sombras mientras Julián se colocaba en una posición defensiva. El teléfono vibró entonces contra su muslo. Al ver el nombre de Elena en la pantalla, una punzada de culpa atravesó su armadura de hierro. Contestó mientras el primer impacto de bala astillaba la madera de un contenedor cercano.

—Julián —la voz de ella no era la de la mujer que intentaba salvar un negocio, sino la de alguien que había mirado al abismo—. He encontrado el uniforme. He visto las insignias y el registro de servicio que ocultaste. ¿Quién eres realmente?

—Soy el hombre que ha estado protegiendo lo que queda de nosotros desde las sombras, Elena —respondió Julián, esquivando un ráfaga de fuego automático que hizo saltar chispas de la estructura de metal—. El hombre del uniforme no es un fantasma. Es la única herramienta capaz de limpiar nuestro apellido. Si Valenti cayó, fue solo el primer paso. El Secretario es el siguiente.

—¿Es esto lo que querías? ¿Una guerra contra el sistema? —preguntó ella, con la respiración entrecortada por el miedo y la revelación.

—Es la única forma de recuperar lo que nos robaron. Necesito que seas mis ojos y mi logística. La gala del Secretario es mañana. Ahí es donde terminará esto.

Elena guardó silencio un instante, un lapso donde la lealtad y el terror se midieron en la balanza. Cuando volvió a hablar, su tono había cambiado; la duda se había convertido en acero. —Haz lo que tengas que hacer. Yo prepararé el terreno.

La llamada se cortó justo cuando el portón principal cedía. Tres hombres armados, con el rostro oculto tras pasamontañas, irrumpieron en la oficina. Julián no esperó a que se posicionaran. Con una precisión quirúrgica, manipuló el panel eléctrico de la pared, provocando un cortocircuito que sumió el almacén en una oscuridad absoluta. En el destello de la explosión eléctrica, Julián se lanzó hacia el sistema de contrapesos de carga. Accionó la palanca de emergencia y una plataforma cargada de contenedores cayó como una guillotina, bloqueando el paso de los sicarios y creando una barrera infranqueable.

Julián se deslizó hacia los túneles de servicio, un laberinto que conocía por sus años de entrenamiento militar. Mientras se arrastraba por el conducto de ventilación, dejó caer un pequeño sobre en la intersección del túnel principal: una pista, un cebo para que supieran que la información ya estaba duplicada. Emergió en la penumbra de la ciudad, con la grabación intacta y la certeza de que el Secretario General, en su soberbia, no tenía idea de que el depredador que había intentado eliminar estaba ahora a las puertas de su palacio. La gala no sería una fiesta; sería su juicio final.

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