El último refugio
El despacho de Julián Varga era un santuario de caoba y cristal, pero para Elena, se sentía como una jaula de cristal. El aire, filtrado y estéril, no lograba disipar el rastro de su colonia —notas de cuero y tabaco— que se le pegaba a la piel como una advertencia. Julián estaba de espaldas, observando la ciudad desde el ventanal panorámico. Sus manos, hundidas en los bolsillos, delataban una tensión que su postura erguida intentaba ocultar.
—¿Ya está hecho? —preguntó Elena. Su voz, afilada por el insomnio, cortó
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