La verdad expuesta
El despacho de Julián Varga no era un lugar de trabajo; era un búnker de cristal y caoba donde la verdad se diseccionaba como un espécimen bajo el microscopio. Elena observaba el reflejo de Julián en el ventanal. Él permanecía inmóvil, con las manos entrelazadas a la espalda, una postura de mando que ella antes encontraba tranquilizadora. Ahora, solo veía el andamiaje de una trampa.
El teléfono sobre el escritorio vibró. Un número privado. Elena lo tomó, sintiendo la mirada de Julián clavada en su nuca.
—Elena —la voz de Rodrigo Soler era un bisturí deslizándose sobre seda—. Espero que la vista desde la oficina de Varga sea inspiradora. Ser
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