El precio de la fachada
El despacho de Julián Varga no era una oficina; era un ecosistema de poder donde el oxígeno parecía estar racionado. Elena Valdés mantenía la espalda rígida, las manos ocultas bajo la caoba, sintiendo cómo el contrato sobre la mesa se convertía en su única tabla de salvación y, simultáneamente, en el grillete que sellaba su destino.
—La auditoría escolar no es una coincidencia, Elena —la voz de Julián, gélida y precisa, cortó el silencio como un bisturí—. Es una filtración. Alguien dentro de la administración sabe que los documentos de identidad de tu hijo son, como mínimo, creativos.
Elena sintió un frío punzante. La amenaza de expulsión, el espectro de la exposición pública, ya no era una posibilidad remota;
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