El mercado colapsa
El mármol de los niveles superiores no era piedra, sino una tumba helada. Elian Vane ajustó el cuello de su túnica, sintiendo el peso del cristal de mando contra su costilla. A su lado, Valeria Solís caminaba con una rigidez antinatural; sus ojos, antes cargados de una arrogancia de clase, ahora escaneaban las sombras con la paranoia de quien acaba de descubrir que su linaje era solo combustible para un motor parasitario.
—Si nos detienen, no hay vuelta atrás —susurró Valeria, con la voz afilada como un cuchillo—. El Consejo sabe que el sello de mi familia se rompió. Si me ven contigo, la seguridad no preguntará.
—No nos verán —respondió Elian, sin reducir el paso. Sus ojos estaban fijos en los visores de rango que colgaban sobre los arcos de entrada a la Gran Gala. Los números fluctuaban, una danza eléctrica de estatus que pronto se convertiría en un caos—. O al menos, no nos verán como enemigos hasta que sea demasiado tarde.
Dos guardias de élite, con armaduras grabadas con el sello del Director, bloquearon el pasillo principal. Sus lanzas de energía zumbaban con una frecuencia agresiva. Elian sintió el tirón de la escasez; su reserva interna estaba seca, pero el cristal de mando vibraba con una energía hambrienta. Cuando el guardia de la izquierda exigió la identificación, Elian no presentó un pase. Deslizó el cristal por la ranura del sistema de seguridad. La luz roja de la alarma se tornó violeta, el color de una autorización de nivel administrativo absoluto. Los guardias se paralizaron, sus visores parpadeando mientras el sistema, confundido por la técnica prohibida, les ordenaba ignorar la intrusión. Cruzaron el umbral hacia la gala, donde el sistema central ya comenzaba a parpadear en rojo.
El aire dentro del Salón de Gala Central vibraba con una estática metálica. Los inversores bebían néctar de loto, ajenos a que la energía que iluminaba sus joyas provenía del sufrimiento de sus propios hijos. Elian no esperó. Bajo la manga, activó el cristal. El suelo vibró. En las pantallas flotantes, los visores de rango de los diez mejores estudiantes —las baterías vivas— comenzaron a colapsar. El dorado se tiñó de un rojo carmesí errático. El pánico financiero fue inmediato. Las acciones de las casas principales, proyectadas en tiempo real, se desplomaron. El Maestro Kaelen, observando desde la sombra, le envió una señal: el sello de supresión de la Academia estaba siendo drenado por la propia inestabilidad del núcleo. La élite, al ver sus activos digitales evaporarse y sus visores revelar la verdad, entró en frenesí. Los estudiantes de alto rango, al comprender que eran ganado, se volvieron contra sus maestros.
Elian se abrió paso hasta la Cámara del Nexo, donde el Director, un autómata de placas metálicas y venas de luz, intentó purgarlo.
—Tu existencia es una anomalía contable, Elian Vane —la voz del Director retumbó en las paredes.
El sistema intentó canalizar la energía de los estudiantes restantes hacia el Director para borrar a Elian. Pero Elian ya no era un estudiante buscando rango; era un mercado colapsando sobre sí mismo. Lanzó la Resonancia del Vacío. No fue un ataque, sino una inversión de flujo. La técnica prohibida actuó como una succión masiva, drenando la energía del Director directamente hacia el cristal de mando. El autómata se resquebrajó, sus luces apagándose una a una. Cuando Elian finalmente hundió sus dedos en el núcleo central, sintió el poder absoluto de la Academia bajo su control. Las alarmas de todas las sectas externas comenzaron a aullar al unísono. Había ganado, pero al absorber el núcleo, se convirtió en el blanco de cada depredador en el continente.