La subasta de las mentiras
El aire en los pasillos de la Academia del Loto de Hierro no solo era frío; estaba cargado de estática. El cristal de supresión, incrustado en la palma de Elian Vane, vibraba con una frecuencia que hacía que los visores de rango de los estudiantes cercanos parpadearan en un rojo agónico. A cada paso, Elian sentía cómo el sello —esa herencia maldita de la familia Solís— intentaba drenar su vitalidad para compensar la inestabilidad que él mismo había provocado en los Archivos.
Al doblar la esquina, el visor de un estudiante de tercer año se apagó por completo, desplomándolo contra el mármol. Elian no se detuvo. Su prioridad era la brecha. La sobrecarga del cristal no era un error; era su arma. Los números que flotaban sobre las cabezas de los transeúntes —sus reservas de esencia— oscilaban salvajemente. El sistema de la Academia, obsesionado con la visibilidad del poder, estaba colapsando bajo el peso de su propia rigidez.
—¡El sistema está cayendo! —gritó un guardia desde el atrio central—. ¡Cierren las compuertas de distribución de píldoras!
Elian sintió un tirón en el centro de su pecho. El sello de supresión, diseñado para mantenerlo en la miseria, ahora reaccionaba a la inestabilidad del entorno. Por primera vez, el bloqueo no era una pared sólida, sino una membrana porosa. El exceso de energía residual del cristal, tras la sobrecarga, se filtraba hacia sus meridianos. Era un poder prohibido, una ventana de oportunidad que le costaba años de vida por cada segundo de uso.
En la Sala de Subastas, el ambiente era una olla a presión. Valeria Solís, con el rostro tenso y la mandíbula apretada por la reciente humillación pública, intentaba monopolizar los suministros restantes. El colapso del mercado no era un accidente; era una caída libre que Elian había orquestado para forzar a la élite a mostrar su desesperación.
—Doscientos créditos por el lote de grado medio —anunció Valeria, su voz cortando el murmullo de la sala—. Nadie más tiene derecho de compra.
Elian, oculto en la penumbra de los palcos, inyectó un comando en su terminal, difundiendo un informe falso sobre la contaminación de los depósitos centrales, un dato extraído de los archivos prohibidos. La noticia corrió como un incendio. El pánico se apoderó de la sala. Valeria, creyendo que aseguraba su superioridad, vació sus arcas comprando lotes que, en pocas horas, serían inútiles ante la fluctuación del sistema. La vio perder su fortuna, su estatus tambaleándose mientras sus propios aliados comenzaban a susurrar sobre su juicio nublado.
Elian abandonó la sala antes de que el caos estallara, dirigiéndose al despacho del Maestro Kaelen. El instructor lo esperaba, rodeado de pergaminos y una mirada de pura desesperación.
—Has provocado un incendio, Vane —dijo Kaelen, sin girarse—. Si descubren que el cristal de los Vane fue el detonante, te convertirán en el chivo expiatorio.
Elian dejó caer una bolsa de monedas sobre el escritorio.
—No soy un chivo expiatorio, Maestro. Soy el único que posee la clave para estabilizar el flujo antes de que el sistema central se bloquee por completo. A cambio, necesito acceso irrestricto a los registros de mantenimiento de la red de energía. Y tu silencio ante la inspección de los Solís.
Kaelen miró el dinero, luego a Elian. La codicia venció al miedo. Aceptó el trato, convirtiéndose en su cómplice.
De vuelta en su dormitorio, Elian se encerró. El cristal, saturado con la energía drenada del mercado, palpitaba con una luz violeta que no debería existir. Al colocar sus palmas sobre el sello, una descarga violenta recorrió sus meridianos. El dolor fue absoluto, una fractura en su esencia, pero el sello de los Solís comenzó a resquebrajarse. Mientras la energía pura inundaba su cuerpo, un estruendo metálico resonó en el pasillo: los guardianes de la academia, alertados por la anomalía, golpeaban su puerta con la fuerza de una sentencia de muerte.