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Chapter 1: El impuesto a la debilidad

Julián Varas evita la expulsión inmediata de la Academia al forzar una lectura de poder superior mediante una técnica prohibida, pero el sistema reacciona duplicando su deuda, dejándolo en una situación financiera aún más precaria.

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El impuesto a la debilidad

El aire en la Plaza de Auditoría de la Academia de los Nueve Cielos no se respiraba; se pagaba. Tenía el sabor metálico del ozono y la estática de mil ambiciones frustradas. Julián Varas apretó los puños, sintiendo cómo el sudor frío le recorría la espalda. Frente a él, el pilar de medición de qi —una columna de obsidiana tallada con runas de tasación— vibraba con una luz mortecina, como si se burlara de su insignificancia.

—Estudiante 402, Julián Varas —la voz de la Maestra Elara cortó el murmullo de la multitud como una cuchilla—. Tu cuota de mantenimiento de rango ha vencido hace tres ciclos. Como no has alcanzado el umbral de rendimiento exigido, el sistema ha aplicado una penalización por insolvencia. Debes pagar mil cristales de qi antes de que el sol toque el cenit, o tu acceso a la red de cultivo será revocado permanentemente.

Julián sintió un vacío en el estómago. Mil cristales. Era una cifra diseñada para convertirlo en un paria. A su alrededor, los estudiantes de linaje, envueltos en sedas reforzadas con hilos de esencia, intercambiaban risas y miradas de desdén. Para ellos, la Academia era un jardín; para él, era una picadora de carne que cobraba por cada segundo de estancia.

—Maestra —dijo Julián, obligando a su voz a sonar firme, aunque cada palabra le pesaba como plomo—. Solicito una auditoría de rendimiento bajo el protocolo de riesgo. Mi técnica actual ha sido subestimada por el algoritmo estándar.

Elara soltó una carcajada seca. Sus ojos, fríos como el acero templado, recorrieron la figura desaliñada de Julián.

—El protocolo de riesgo es para quienes tienen algo que perder, Varas. Tú no tienes ni el valor de mercado de un aprendiz de primer año. Pero si insistes en humillarte públicamente, adelante. El pilar no miente.

El zumbido de la multitud se apagó, reemplazado por el eco metálico de las monedas de qi que los estudiantes apostaban sobre su inminente expulsión. Julián caminó hacia el pilar. Su mirada se cruzó con la de Mateo, quien, desde la sombra de una columna, le lanzó un asentimiento casi imperceptible. En el bolsillo interior de su túnica, el artefacto dañado —un núcleo de compresión inestable que le costó tres meses de raciones— comenzó a vibrar contra sus costillas. El dolor era agudo, una quemadura química que le recordaba el precio de su insolencia.

Julián apoyó la palma temblorosa sobre la superficie fría del pilar. Activó la técnica prohibida. No hubo un flujo elegante de energía celestial, solo un tirón violento y antinatural en sus meridianos. El aire alrededor de su mano se volvió denso, viciado. El pilar reaccionó de inmediato. Las runas, que segundos antes parpadeaban con un azul tenue y despectivo, se encendieron en un carmesí violento que bañó el rostro de Elara en una luz poco natural.

El contador subió. Diez, veinte, cuarenta... el número escaló hasta superar el mínimo exigido. El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el chisporroteo de la obsidiana recalentada.

—Tu rendimiento ha sido… anómalo, Varas —dijo Elara, su voz resonando en el mármol mientras la pantalla de cristal parpadeaba: Rango: 4. Estabilidad: Crítica.— El sistema ha detectado una fluctuación que no corresponde a tus reservas registradas. Se te concede la permanencia, pero el costo de mantenimiento ha sido ajustado por riesgo de seguridad. Paga la diferencia antes del anochecer o la Academia confiscará tus derechos de cultivo permanentemente.

Julián sintió una náusea gélida al ver que la cuota, lejos de desaparecer, se había duplicado tras la validación. Mientras salía del salón, tropezando bajo el peso de su propia victoria, sintió cómo la técnica prohibida comenzaba a serpentear por sus venas, alterando su flujo de qi de una forma que el mercado no debería conocer. El pilar había registrado su ganancia, pero el sistema ya estaba cobrándole el interés de su supervivencia.

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