La moneda de la lástima
El sonido de las copas de cristal chocando en el Hotel Imperial no era música; era el repiqueteo de una sentencia judicial. Elena ajustó la seda de su vestido, sintiendo el peso de las miradas como agujas sobre su piel. En la alta sociedad, el divorcio no era un evento privado, era una devaluación pública de activos, y ella, según los susurros que recorrían el salón, era un activo en liquidación.
—¿Te atreviste a venir?
La voz de Ricardo cortó el aire con la precisión de un bisturí. A su lado, la mujer que había ocupado su lugar
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