La fachada de cristal
El peso del diamante sobre el dedo anular de Elena no era una promesa, sino una sentencia. En el salón del St. Regis, bajo la luz cenital que parecía diseccionar cada poro de su piel, el anillo de la familia Varela se sentía como un grillete de hielo. Julián, impecable en su esmoquin, mantenía su mano sobre la de ella con una firmeza que no admitía réplicas. Para los observadores, era un gesto de devoción; para Elena, era el recordatorio tangible de que su autonomía acababa de ser subastada.
—Sonríe, Elena —susurró Julián, su voz apenas un roce gélido contra su oreja—. La prensa no busca amor, busca una grieta. No les des el gusto.
Elena tensó
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