El precio de la supervivencia
El mármol del Hotel St. Regis no era suelo; era un espejo que devolvía la imagen de una mujer que no podía permitirse flaquear. Elena ajustó el dobladillo de su vestido —una pieza de alquiler que representaba tres meses de guardería— y mantuvo la barbilla alta. En la alta sociedad de Ciudad de México, la vulnerabilidad no se compadecía; se devoraba.
—No te hagas la difícil, Elena. Todos saben que tu agencia de diseño está en números rojos —la voz de Ricardo, un ex socio con más deudas que ética, le cortó el aire. Se acercó, invadiendo su espacio con un aroma a tabaco caro y una sonrisa depredadora—. Tengo los documentos de tus irregularidades fiscales. Un correo a la prensa y tu reputación, y lo que sea que intentes proteger en casa, se desmoronará antes del postr
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