El baile de las sombras
El vestidor de Julián, forrado en ébano y silencio, se sentía como una celda de lujo. Elena se observó en el espejo: el vestido de seda oscura que él había enviado no era un obsequio; era un uniforme de guerra. La tela se ceñía a su piel como una caricia fría, recordándole que su futuro, al igual que su cuerpo, estaba siendo moldeado por las manos del hombre cuya familia había desmantelado el legado de su abuelo hace veinte años.
Julián entró sin previo aviso. Su presencia alteró el aire, cargándolo de una electricidad calculada. Depositó un sobre pesado sobre la mesa de mármol. El sonido del papel contra la piedra fue seco, definitivo.
—No es un regalo, Elena. Es un activo —dijo él, su voz desprovista de calidez—. He transferido las escrituras de los terrenos industriales de la zona norte a tu nombre. Con esto, tu empresa familiar ya no es solo una deuda pendiente. Es una entidad con respaldo legal inexpugnable.
Elena giró sobre sus talones. Al aceptar esos papeles, el contrato de su falso compromiso se convertía en una cadena de hierro. Julián no solo la protegía de Marcos; estaba comprando su lealtad
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