La jaula de cristal
El despacho de Julián no era un lugar de trabajo; era un santuario de poder construido sobre los restos de quienes no supieron negociar a tiempo. La penumbra, apenas rota por los reflejos de la ciudad sobre el cristal templado, le daba un aire de celda de lujo. Elena permaneció frente al escritorio de caoba, con el peso del sobre oculto en el forro de su bolso actuando como un ancla de realidad. Había descubierto la verdad: el desmantelamiento de la empresa de su abuelo no fue un infortunio del mercado, sino una ejecución planificada por la familia Varela hace veinte años.
Julián, de espaldas a ella, observaba la ciudad con las manos entrelazadas a la espalda. La tensión en sus hombros era una advertencia que Elena ya no ignoraba.
—Sé que encontraste algo en la oficina de Marcos —dijo él, sin volverse. Su voz era un bisturí, precisa y carente de calidez—. Las cámaras de seguridad regis
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