La gala de las máscaras rotas
El champán en la copa de Elena estaba tan gélido como las miradas que la seguían por el salón del Hotel Grand Metropolitan. Apenas tres meses después de que los titulares anunciaran su divorcio de Marcos, ella seguía siendo el entretenimiento favorito de la élite. Su vestido, una pieza de seda oscura rescatada de un armario que pronto sería embargado, le pesaba como una armadura que empezaba a agrietarse. Cada susurro a su paso era un recordatorio de que, en este mundo, la caída de una mujer es un espectáculo público de acceso gratuito.
—Elena, querida. ¿Aún te dejan entrar en estos sitios? —La voz de Marcos llegó cargada de esa familiaridad tóxica que solía confundir con afecto. Él estaba de pie junto a un grupo de inversores, luciendo el traje impecable de un hombre que no había perdido un solo céntimo en el proceso legal.
Elena se giró, manteniendo la barbilla alta a pesar de la punzada en su pecho. A su lado, la nueva acompañante de Marcos soltó una risita ahogada tras su abanico.
—La caridad es un deber, Marcos. No es algo que
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