El precio de la altura
El aire en el mercado negro del Nivel 11 sabía a ozono quemado y desesperación. Kael se detuvo frente al puesto de suministros de Jax, con el sistema de refrigeración del Cazador gimiendo en un ciclo de retroalimentación crítica. Cada segundo que el frame permanecía encendido, el calor acumulado corroía sus circuitos internos.
—No tengo nada para ti, Kael —escupió Jax sin levantar la vista de su terminal, bloqueando el acceso a los disipadores térmicos con un movimiento deliberado—. La facción de Valeria pasó hace una hora. Compraron todo el inventario de grado militar y dejaron una nota: cualquier pieza compatible que se venda a un chatarrero será confiscada. No me arriesgaré a que cierren mi puesto por ti.
Kael apretó los puños. La facción no solo le negaba recursos; estaba asfixiando su movilidad para asegurar que, en la próxima prueba pública, el Cazador terminara siendo una pira de metal fundido. Sin embargo, un susurro metálico surgió desde el fondo del puesto. Vargas, el viejo mecánico, le lanzó una pieza envuelta en grasa. Era un disipador de grafeno, rayado pero funcional, recuperado de un frame de la Gran Purga.
—No lo hagas por la academia, chico —gruñó Vargas con voz ronca—. Hazlo porque ese chasis que pilotas no es chatarra. Es un testamento. Si dejas que lo destruyan, la historia se pierde con él.
Kael instaló la pieza bajo la sombra de los pasillos industriales, sintiendo el alivio térmico cuando el Cazador estabilizó su núcleo. Pero la tregua duró poco. Valeria lo interceptó en el cruce principal. No llevaba su traje de piloto, pero su postura, rígida y calculadora, era una amenaza más efectiva que cualquier arma.
—He revisado los logs de la arena, Kael —dijo ella, con voz afilada como un bisturí—. Tu tasa de refresco neurológico supera los estándares de cualquier frame de desguace. ¿Qué le has instalado a esa máquina? Si confirmas que tu núcleo es tecnología prohibida, te borrarán del sistema antes del amanecer.
Kael activó una interferencia codificada desde el módulo prohibido, enviando una señal falsa a los sensores de Valeria. El engaño fue apenas suficiente: ella retrocedió, dudosa, pero sus ojos prometían que la próxima vez no habría lugar para el engaño, solo para el combate.
El tiempo se agotaba. Los paneles de la Academia parpadeaban en rojo violento: "Acceso a niveles inferiores suspendido. Protocolo de purga activado. Tiempo restante: 42 minutos". Kael se arrastró hasta el terminal de registro. La voz sintética del sistema fue clara: "Denegado. Rango insuficiente".
Kael no esperó. Conectó su interfaz neurológica directamente al puerto de datos del terminal. El dolor fue inmediato, un clavo ardiente atravesando su córtex, pero la sobrecarga forzó el acceso. El sistema aceptó su entrada, pero el costo fue una descarga que dejó sus manos temblando. Al sincronizar el módulo prohibido para estabilizar el registro, su HUD se fracturó. Ya no veía la arena de pruebas. Sus retinas se inundaron con una cartografía esquemática de la torre: conductos de energía, niveles que no eran pisos, sino secciones de un motor masivo. La ciudad-torre era una nave estelar en reposo, y el ascenso no era una carrera por el rango, sino el único camino hacia el puente de mando.
Las compuertas se sellaron con un golpe hidráulico ensordecedor, aislándolo en la zona de pruebas. Las luces de la arena se encendieron, revelando a su oponente: un escuadrón de élite, enviado para eliminarlo antes de que pudiera probar la verdad que ahora ardía en su mente.