El Precio del Ascenso
El chirrido del metal al enfriarse era un lamento que Mateo sentía en sus propios dientes. Cuando el bastidor 404 se desplomó sobre los soportes hidráulicos del taller de Tavo, una lluvia de chispas y aceite quemado salpicó el concreto. El estabilizador de giro izquierdo, una maraña de cables calcinados y servomotores fracturados, colgaba inerte. La integridad estructural apenas alcanzaba el 3%.
—Si lo tocas, se desmorona —gruñó Tavo, limpiándose las manos con un trapo impregnado de grasa negra. Sus ojos, hundidos por décadas de desguace, escanearon el daño con una precisión quirúrgica—. ¿Qué hiciste, muchacho? Esto no es desgaste de combate. Es sobrecarga de núcleo.
Mateo bajó de la cabina, tambaleándose. El retroceso neuronal le punzaba en la nuca como una aguja al rojo vivo.
—Superé la auditoría. Rango 187 —respondió, su voz apenas un susurro agrietado.
—¿187? —Tavo soltó una carcajada amarga y señaló el monitor. El tablero de deuda parpadeaba en un rojo violento: +14.700 créditos.— El sistema no te está premiando, Mateo. Te está cobrando el derecho a seguir existiendo. Cada maniobra que haces es una hipoteca sobre tu vida.
Antes de que Mateo pudiera procesar la cifra, el aire en el taller se volvió gélido. La puerta se deslizó con un silbido hidráulico y Valeria Vane entró sin invitación. Su uniforme de la Academia, impecable y rígido, contrastaba con la miseria industrial del Yunque. Sus ojos, fríos como sensores láser, se clavaron en el 404.
—Tu maniobra en el Yunque fue… interesante —dijo ella, deteniéndose a una distancia que marcaba una frontera de clase infranqueable—. Ningún bastidor de tu clase debería haber compensado el giro con esa latencia. A menos que estés usando un núcleo modificado con tecnología prohibida.
Mateo se puso de pie, limpiándose los dedos manchados de aceite en el muslo. El orgullo le quemaba más que la deuda.
—Tú vuelas con plata, Vane. Yo vuelo con lo que queda de mi dignidad. Si buscas un informe para la junta, empieza por revisar quién dejó este bastidor pudriéndose en los niveles bajos.
Valeria no se inmutó, pero su mirada se desvió un segundo hacia el núcleo oculto tras el blindaje.
—La junta ya está mirando, Ríos. Y no les gusta lo que no pueden medir.
Cuando ella se marchó, el silencio dejó paso a un pitido agudo. El tablero central se encendió solo: la Academia anunciaba la siguiente ronda de ascenso para rangos 150-200. El 404 estaba inscrito automáticamente. La integridad mínima exigida era del 45%; el 404 apenas llegaba al 21% tras los remiendos de Tavo.
—No podemos repararlo —sentenció Tavo, evitando su mirada—. El sistema bloquea cualquier compra de piezas. Nos tienen contra las cuerdas.
Mateo miró el núcleo prohibido. Vibraba con un calor antinatural, una promesa de poder que le susurraba que el riesgo era la única moneda que le quedaba.
—Hazlo, Tavo. Segunda activación. Si no entro en esa prueba, el rango 187 no servirá de nada cuando vengan a confiscar el bastidor.
—Te quemará el sistema nervioso, Mateo. Podrías quedar vegetal.
—Ya estoy muerto si no lo hago.
Horas después, bajo la luz mortecina del patio de calibración, Mateo se conectó al enlace. El dolor fue una descarga de estática que le nubló la vista. El bastidor gemía, pero la energía prohibida fluyó, elevando la integridad temporal al 38%. Logró una secuencia básica, una danza de metal oxidado que desafiaba la física del sistema.
Al terminar, levantó la vista hacia las gradas superiores. Allí, en la penumbra, la silueta de Valeria Vane permanecía inmóvil. Había visto la activación, el destello prohibido, la verdad de su ascenso. El sistema registró la calibración como «aceptable», pero Mateo supo que la verdadera prueba apenas comenzaba. La deuda seguía creciendo, y ahora, tenía a una heredera de la Academia observando cada uno de sus pasos hacia el abismo.