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Chapter 9: El Vuelo del Desguace

Kael sobrevive a la prueba de Cero Gravedad usando la nueva agilidad y la firma enmascarada del Cicatriz mutado. Recupera un procesador de núcleo clave que completa la integración. Colapsa al regresar, pero despierta para descubrir la metamorfosis física completa del bastidor. Valeria aparece sola y le ofrece una alianza que traicionaría al Consejo.

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El Vuelo del Desguace

El taller de Tacho olía a cobre quemado y a metal recalentado. Kael se aferraba al borde del chasis del Cicatriz con los nudillos blancos, respirando entrecortado. Cada inhalación le raspaba la garganta como si hubiera tragado arena caliente. El núcleo prohibido seguía latiendo dentro de su pecho, un segundo corazón que no le pertenecía del todo.

—No respires tan fuerte —dijo Tacho sin mirarlo, ajustando un conector con dedos que no temblaban—. Si el flujo se desestabiliza ahora, el estabilizador antiguo te va a freír los nervios simpáticos. Quedarás vivo, pero desearás no estarlo.

Kael no contestó. Sus ojos estaban clavados en el Cicatriz. El bastidor ya no parecía chatarra ensamblada con furia. Las placas se habían alineado en curvas imposibles para un modelo de desguace; el metal absorbía la luz del taller en lugar de reflejarla, convirtiéndose en una sombra sólida. La firma energética que emitía era un susurro casi inaudible en los sensores. Invisible. Letal.

—¿Cuánto tiempo tengo antes de que el Consejo detecte la metamorfosis? —preguntó Kael con voz ronca.

Tacho soltó una risa seca. —Mañana al amanecer ya será tarde. La prueba de Cero Gravedad es la última auditoría antes del duelo. Si pasas con esta firma enmascarada, te clasifican como Anomalía confirmada. Si fallas… —se encogió de hombros— confiscación inmediata y despiece público. Tu deuda vuelve multiplicada por diez.

Kael sintió el peso del temporizador invisible: menos de doce horas para el duelo contra Valeria. Doce horas para demostrar que el Cicatriz ya no era una máquina remendada, sino algo que la Academia no había previsto.

La prueba de Cero Gravedad se desarrollaba en el sector abandonado del Cinturón Industrial: un campo de escombros flotantes, gravedad artificial manipulada y sensores que buscaban cualquier irregularidad en la firma energética. Los mejores del Círculo de Hierro ya estaban allí, sus bastidores relucientes trazando arcos perfectos entre los restos metálicos.

Cuando tocó su turno, Kael entró al vacío.

El Cicatriz se movió como si el espacio mismo fuera una extensión de su voluntad. Una oleada de gravedad artificial intentó aplastarlo contra un panel de deriva. Kael no luchó contra la fuerza; la usó. Sintió el vector en los huesos, giró el torso del bastidor apenas unos grados y dejó que la inercia lo catapultara. El panel enemigo se convirtió en escudo: lo interpuso entre él y una ráfaga de fragmentos acelerados, absorbiendo el impacto sin perder velocidad.

Los monitores de la Academia parpadearon. Puntuación perfecta. Firma detectada: Anomalía crítica. Clasificación provisional: no conforme.

Kael recuperó el objetivo secundario de la prueba —un procesador de núcleo de alta velocidad perdido en el sector años atrás— en menos de cuatro minutos. Lo enganchó al puerto ventral del Cicatriz mientras flotaba entre los restos. El bastidor lo absorbió con un chasquido sordo, como si siempre hubiera estado incompleto sin él.

Regresó al hangar tambaleándose. Apenas cruzó la compuerta, las piernas le fallaron. Cayó de rodillas, el casco abierto, el sudor mezclándose con sangre de la nariz. El Cicatriz quedó oculto en un conducto de ventilación olvidado, emitiendo un zumbido bajo mientras seguía reconfigurándose.

Despertó con el amanecer filtrándose por las rendijas. El dolor era un cable vivo que le recorría la columna, pero podía moverse. Se puso en pie apoyándose en la pared y miró hacia el conducto.

El Cicatriz había terminado de cambiar.

Ya no era un amasijo de placas soldadas a martillazos. El chasis se había afinado hasta convertirse en una silueta depredadora, oscura, con líneas que parecían tendones de metal bajo la piel. El estabilizador antiguo y el núcleo prohibido habían forzado una fusión completa. El procesador recuperado brillaba en el pecho como un ojo nuevo.

Kael sintió el cambio en su propia sangre: el enlace sináptico era más profundo, más rápido. Ya no pilotaba. Respondía.

—Es hermoso, ¿no crees? —La voz de Valeria llegó desde la penumbra del hangar.

Kael giró. Ella estaba sola, apoyada contra un pilar de carga, el uniforme impecable contrastando con la mugre del lugar. No había escoltas. No había arrogancia en su postura esta vez; solo una intensidad fría y calculadora.

—Vi la transmisión de la prueba —dijo ella, avanzando un paso—. Puntuación perfecta. Firma enmascarada. El Consejo ya te marcó para eliminación. Dicen que eres un fallo del sistema.

Kael apretó los dientes. El núcleo latió en respuesta, enviando una oleada de calor por sus venas. —No vine hasta aquí para que me borren.

Valeria sonrió apenas, una curva peligrosa. —Entonces deja de pelear solo contra ellos. —Extendió la mano abierta, un gesto que en el Círculo de Hierro valía más que cualquier contrato—. Tengo una propuesta. Si la aceptas, mañana el Consejo no solo perderá el duelo… perderá el control del escalafón entero.

Kael miró la mano tendida. Detrás de ella, el Cicatriz seguía respirando en la penumbra, esperando su próximo movimiento.

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