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Chapter 8: La Trampa del Consejo

Kael rechaza el soborno del Consejo para retirarse del duelo contra Valeria. Consciente de que su bastidor es inestable, se arriesga a una incursión en el Sector Exterior para recuperar un estabilizador de tecnología antigua. La integración del componente provoca una metamorfosis física en el Cicatriz, dejando a Kael al borde del colapso justo antes del duelo decisivo.

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La Trampa del Consejo

El aire en la oficina del Consejero Vane no olía a aire, sino a ozono y a la esterilidad metálica de los niveles superiores. Kael, con la grasa del Cicatriz aún incrustada en las grietas de sus nudillos, se sentía como una mancha de aceite sobre un suelo de mármol sintético. Vane no se levantó. Sus dedos, largos y pálidos como los de un cirujano, tamborileaban sobre una pantalla holográfica que diseccionaba el Cicatriz en tiempo real. El bastidor aparecía despojado de su blindaje, un amasijo de cables expuestos y soldaduras irregulares que Vane observaba con un desdén clínico.

—Tu máquina es un insulto a la ingeniería del Cinturón, Kael —dijo Vane, sin alzar la voz. Su tono era una sentencia—. Sin embargo, tu tenacidad es... eficiente. Si te retiras del duelo contra Valeria, tu deuda será condonada. Desaparecerás de los registros y podrás vivir una existencia tranquila en los niveles inferiores. Si insistes en subir al estrado mañana, el Cicatriz será confiscado y desmantelado ante la audiencia. Tu legado familiar terminará en una trituradora.

Kael sintió el pulso martilleando contra sus sienes. La oferta no era una salida; era una forma de borrar la evidencia de lo que él y Tacho habían construido. Sabía que el Consejo no temía a su bastidor, temía el precedente: un desguazador que desafiaba la jerarquía sin una licencia de familia noble.

—El duelo ya es público, Vane —respondió Kael, manteniendo la mirada fija—. Si me retiro ahora, la gente no verá una rendición, verá miedo. Y en este mercado, el miedo es el único activo que no pueden permitirse perder. Acepto el duelo. Y acepto cualquier prueba adicional que el Consejo quiera imponer para intentar detenerme.

Al salir, la vigilancia institucional se sentía como una red invisible que se cerraba sobre él. Kael se dirigió directo al taller de Tacho, donde el Cicatriz colgaba de las grúas hidráulicas como un animal herido. El núcleo prohibido vibraba bajo las placas de metal, emitiendo un zumbido que le recorría la columna vertebral.

—El Consejo quiere que pierda —dijo Kael, arrojando su placa de identificación sobre el banco de trabajo—. Me ofrecieron borrar la deuda. Querían que entregara mi dignidad.

Tacho, inmerso en la red neuronal del bastidor con un soldador de pulso, no levantó la vista. Sus manos, callosas y manchadas de lubricante negro, se movían con una precisión que no encajaba con su fachada de chatarrero vulgar.

—El Consejo no regala nada, Kael. Solo compran tiempo para ver cómo el núcleo te devora —respondió Tacho con voz gélida—. Lo que no saben es que tú eres el único que ha logrado que esa tecnología se sincronice con el chasis sin explotar. Pero si quieres ganar mañana, necesitamos el estabilizador de frecuencia que descansa en el Sector Exterior. Es una zona de alta letalidad. Si la Academia detecta tu firma, no habrá duelo; habrá ejecución.

Kael no dudó. Pilotó el Cicatriz hacia el cementerio de flotas, esquivando drones de seguridad clase 'Centinela' que barrían el sector como buitres. El bastidor protestaba, el metal crujiendo bajo la presión de la fusión inestable. Al alcanzar la coordenada marcada, encontró el fragmento de tecnología olvidada: un núcleo de pulso que parecía absorber la luz a su alrededor. Al integrarlo, el Cicatriz reaccionó con una violencia incontrolable.

De regreso al taller, el dolor fue una descarga eléctrica que le paralizó los sentidos. El fragmento se hundía en el chasis como una gota de tinta en agua clara.

—¡Corta el suministro, Tacho! —bramó Kael, pero su voz era un eco distante.

—Si corto la energía, el bastidor se convertirá en un ataúd de chatarra contigo dentro —replicó el viejo, observando la integración con una mezcla de horror y fascinación—. Ese núcleo no está siendo alimentado, Kael. Está consumiendo el sistema. Hazlo tuyo o muere en el intento.

Kael apretó los dientes, forzando su voluntad contra el flujo de datos crudos que intentaban reescribir su mente. El Cicatriz se contraía, el metal se retorcía y se fundía en una estructura nueva, más densa, más letal. Cuando el silencio finalmente cayó sobre el taller, Kael colapsó, agotado, mientras observaba cómo su bastidor se alzaba ante él, transformado. Era una sentencia de muerte, pero ahora, el arma era suya.

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