El Precio de la Victoria
El aire en el taller de Tacho no era aire; era una suspensión de partículas metálicas, ozono quemado y el sudor rancio de quien sabe que su vida pende de un hilo de soldadura. Kael se dejó caer sobre un cajón de herramientas, con los músculos vibrando por el esfuerzo residual de la auditoría. Frente a él, el Cicatriz emitía un quejido agónico, una sinfonía de metal fatigado que resonaba en el chasis remendado.
En su muñeca, la interfaz de la Academia parpadeaba con una luz azulada, estéril y punzante: Estado: Anomalía - Auditoría de integridad pendiente.
—El sistema no es idiota, Kael —gruñó Tacho, sin levantar la vista de los circuitos expuestos en el pecho del bastidor—. Han marcado tu núcleo como una anomalía de clase alta. Si te vuelven a conectar a la red de la Academia antes de estabilizar esa firma energética, no solo confiscarán el bastidor. Te borrarán a ti del escalafón por manipulación ilícita. Y en este sector, eso significa el exilio o la muerte.
Kael apretó los puños, manchados de grasa negra y sangre seca. La realidad era brutal: su bastidor no era una máquina, era un cadáver de metal que solo seguía en pie por el núcleo prohibido que Tacho le había facilitado.
—¿Qué necesitas? —preguntó Kael, con la voz seca.
—Una batería de alta densidad. De las que usan los favoritos de la élite para alimentar sus sistemas de puntería —Tacho se detuvo, su mirada cínica suavizándose por un segundo—. No tengo dinero, y tú tampoco. Pero sé que aún conservas el sello de mando de tu familia. Es un metal conductor de alta pureza, una reliquia de los tiempos antes de que el Cinturón Industrial nos convirtiera en piezas de repuesto. Si lo fundimos, tendremos la energía necesaria para enmascarar la firma del núcleo.
Kael sintió un vacío en el estómago. Ese sello era lo único que le quedaba de su padre, el último vestigio de una dignidad que el sistema se había encargado de pisotear. Pero al mirar al Cicatriz, vio su única salida. Con un gesto visceral, Kael extrajo el sello de su cuello y lo arrojó sobre la mesa de trabajo.
—Hazlo. Que deje de ser un recuerdo y se convierta en combustible.
Al salir al Mercado de Sectas para recoger los suministros finales, el ambiente se volvió gélido. Valeria, 'La Hierro', bloqueaba el camino. Su uniforme de la Academia, inmaculado y rígido, era una afrenta visual en medio de la mugre industrial.
—El sistema ha detectado tu 'milagro', Kael —dijo ella, su voz carente de inflexión, como acero chocando contra el hielo—. Un núcleo prohibido en un bastidor de categoría chatarra es un error de cálculo. Los inspectores lo llamaron anomalía, pero yo lo llamo suicidio.
Valeria extendió un chip de transferencia. —Retírate del escalafón ahora. Tienes suficientes créditos para borrar tu deuda y desaparecer. Es una oferta que la Academia no suele hacer a los despojos como tú.
Kael se mantuvo firme, aunque el peso de su bastidor, oculto tras la lona del taller, parecía una diana a sus espaldas.
—No estoy aquí para pedir permiso, Valeria. Ni para vender mi lugar en la fila. Si la Academia quiere purgarme, que envíen a alguien que no necesite sobornarme primero.
Valeria sonrió, una mueca desprovista de calidez. —Entonces, prepárate para ser borrado. El Círculo de Hierro no perdona a los que se atreven a brillar fuera de su diseño.
De vuelta en el taller, la atmósfera era de una tensión insoportable. Kael mantenía las manos firmes sobre el chasis abierto del Cicatriz, sosteniendo un arco de soldadura. La batería, forjada con los restos de su reliquia, irradiaba un calor sordo.
—Si esto falla, el núcleo prohibido succionará tu energía vital antes que la del bastidor —advirtió Tacho mientras activaba el puente.
El Cicatriz gimió. Fue un alarido de metal retorcido que recorrió la columna vertebral de Kael. La sincronización fue brutal; sintió cada descarga como un latigazo en su propio sistema nervioso. El dolor fue intenso, pero cuando la última conexión se selló, el bastidor se estabilizó en un silencio absoluto.
De repente, una grieta en el blindaje lateral comenzó a emitir un pulso azulado. No era un fallo. La luz cortaba la penumbra del taller con una precisión quirúrgica, latiendo al ritmo de su propia respiración. Kael observó con horror y fascinación cómo la firma energética del Cicatriz se volvía inrastreable, ocultándose tras la frecuencia de la propia red de la Academia. La pieza instalada emitía una luz que no debería existir en un bastidor de clase baja, un brillo que prometía poder, pero también una sentencia de muerte si lo descubrían. El Círculo de Hierro ya estaba cerrando el cerco.