Chatarra, Deuda y el Último Salto
El cronómetro holográfico sobre el bastidor Cicatriz parpadeaba en un rojo agónico: 00:14:59. Kael apretó los dientes, sintiendo el sabor metálico del aceite y el sudor frío en la nuca. Frente a él, el chasis de su máquina —un amasijo de placas de acero recuperadas y pistones hidráulicos quejumbrosos— parecía un cadáver industrial a punto de ser desguazado por los inspectores de la Academia.
—Si no pasas el test de integridad, Kael, el sindicato no solo se llevará el bastidor —gruñó Tacho, limpiándose las manos con un trapo impregnado de solvente—. Se llevarán tus dedos para cubrir los intereses. Estás en números rojos, y este montón de chatarra es tu única moneda de cambio.
Kael no respondió. Su mirada estaba fija en la interfaz de diagnóstico: el núcleo de energía estaba fracturado, una herida invisible que drenaba su capacidad operativa. En el mercado de sectas, la debilidad se castigaba con la ruina, y él ya estaba en el borde del abismo. Se acercó a la caja de seguridad oculta bajo el suelo del taller, un compartimento que Tacho le prohibía tocar desde la caída de su familia. Extrajo una pieza con una geometría imposible, un núcleo de ignición de una era olvidada que emitía un zumbido sordo.
—Kael, no. Esa pieza no es para un bastidor de clase baja —advirtió Tacho, pero ya era tarde. Al integrarla en el pecho del Cicatriz, el aire del taller se cargó de estática. Una luz azulada, antinatural y vibrante, recorrió los circuitos oxidados del bastidor, sellando las fisuras con un brillo que no debería existir.
Dos horas después, el hangar de la Academia olía a ozono reciclado y al desdén de los que nunca habían tenido que remendar un actuador con alambre de cobre. Kael ajustó el arnés del Cicatriz, sintiendo cómo el metal crujía contra su espalda. En su pantalla, el contador de deuda destellaba: 42.000 créditos. Si no pasaba la auditoría en diez minutos, el sistema ejecutaría la confiscación automática.
—Mira nada más —la voz de Valeria cortó el aire como un bisturí—. Han dejado entrar a un vertedero con patas en la zona de élite.
Valeria 'La Hierro' estaba apoyada contra su bastidor, un modelo Vanguardia de serie reciente, pulido hasta que el metal reflejaba la envidia de los cadetes. Sus inspectores rodeaban al Cicatriz con desgano. El examinador jefe golpeó el blindaje lateral con desprecio.
—Inestabilidad térmica, integridad al sesenta por ciento, y este sistema de alimentación es una reliquia prohibida —anunció el inspector, listo para marcar el fallo—. Espera… ¿qué es esto?
El inspector se quedó helado. La lectura del núcleo, que debería haber estado colapsando, mostraba una estabilidad perfecta, casi sobrenatural. El inspector, confundido, permitió a Kael entrar en la arena bajo una estricta advertencia: «Última oportunidad, chatarra».
En la Arena de Pruebas, tres drones modelo 'Centinela' orbitaban con la elegancia fría de un depredador.
—El bastidor 7-B no cumple con el estándar —la voz de Valeria retumbó por los altavoces, cargada de desprecio—. Terminen con esto.
Los Centinelas se lanzaron en una formación de pinza. Kael no esquivó. Sintió cómo el núcleo prohibido bombeaba energía bruta a través de sus servomotores. Cuando los drones estuvieron a distancia, Kael activó el 'Pulso de Desguace'. Una onda de choque electromagnética, teñida de ese azul prohibido, barrió la arena. Los sensores de los Centinelas se apagaron instantáneamente, dejándolos caer como piedras al suelo de la arena.
El silencio fue absoluto. El contador de deuda se reinició, borrando los números rojos, pero el sistema de la Academia parpadeó con una alarma nueva, estridente y furiosa. En la pantalla principal, el bastidor Cicatriz ya no era una unidad de bajo rango: había sido marcado como 'Anomalía' de alta prioridad. Kael bajó de la cabina, sabiendo que acababa de comprar su libertad a cambio de atraer la mirada de los depredadores más grandes del escalafón. La pieza instalada en el pecho del bastidor comenzó a emitir un pulso de luz rítmico, un brillo que no debería existir en un bastidor de clase baja, recordándole que el verdadero peligro apenas comenzaba.