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Chapter 2: La primera grieta en el rango

Julián usa su ventaja recién obtenida para destacar en la evaluación pública de fuerza y resistencia, alcanzando el puesto 2 de su tanda pese al costo brutal en vitalidad. Valeria detecta la anomalía y lo confronta directamente. Cuando se abre una ventana de emergencia al piso 7-B, Julián fuerza su entrada en el último segundo, sellando la puerta y dejando a la élite —incluida Valeria— afuera mientras él queda solo con un fragmento de memoria prohibido. La sospecha de Valeria se transforma en miedo real.

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La primera grieta en el rango

El sol quemaba la Plaza de Evaluación como si quisiera fundir las placas de rango. Julián Varga cruzó el arco de sensores con la garganta seca y el nuevo brillo en su interfaz pública latiéndole en la sien: Aspirante III. Los murmullos estallaron al instante. Un deudor de los Niveles de Óxido entre los rangos medios. Algunos rieron con sorna. Otros ya tenían los escáneres privados encendidos.

—Varga —ladró el Instructor Torres desde el estrado—. Cuarenta y ocho horas para saltar de V a III. Sin sponsor. Sin calibración registrada. Habla.

Julián se plantó frente a la columna de fuerza, el monolito negro que medía empuje puro. El contador de la prueba ya corría: 00:38. Nueve punto ocho toneladas mínimo o volvería a IV y la deuda familiar lo aplastaría antes del anochecer.

—La Torre decidió darme un respiro, instructor —dijo con voz rasposa—. A veces pasa.

Torres bufó. En la grada élite, Valeria Solís se inclinó. Su escáner dorado ya lo tenía fijado.

Julián apoyó las palmas en el metal helado. El sistema roto zumbó en su cabeza:

Inyección de memoria fragmentada. Costo: 18 % vitalidad base. Ventana: 7 segundos.

Empujó.

El monolito gruñó. El número trepó en saltos brutales: 8.4… 11.1… 13.8… hasta clavarse en 14.9 toneladas. El tablero central actualizó en rojo vivo. Tercer lugar de la tanda. El silencio duró dos latidos antes de que la plaza explotara en gritos, insultos y exclamaciones incrédulas.

Valeria activó su escáner con más fuerza. Julián sintió el pinchazo frío en la nuca como si le clavaran agujas heladas.

No hubo tiempo para saborear nada.

El sistema cobró.

El túnel de resistencia secuencial apestaba a hierro y sudor viejo. Julián entró tambaleándose. En la placa pública flotaba: Julián Varga – Aspirante III – Puesto 3/47 (tanda actual). Tercer lugar. Nadie lo esperaba. Pero el precio llegaba ya.

A los cuatro pasos el dolor le atravesó la columna como un cable pelado. Cuádriceps en calambre, gemelos anudados, venas ardiendo con ácido. Se mordió el labio hasta sangrar para no gritar.

Vitalidad: 64 % → 58 %

La prueba exigía sostener el 85 % de pico durante siete minutos mientras la gravedad subía en pulsos. Tres caídas seguidas = descalificación y -3 puestos globales. Peor: el sistema interpretaría el fallo como abandono de ventaja y cerraría el nodo oculto que acababa de abrir.

Respiró entre dientes. Barra ámbar parpadeando. 56 %.

—Tu mamá no te parió para que te rindas aquí —se dijo.

Primer pulso. Rodillas temblando. Activó un pulso residual de la memoria fragmentada. El dolor se duplicó, pero la barra se estabilizó en 68 %. Segundo pulso. Tercero. Cada incremento era un martillo en los huesos. Al minuto cinco las piernas eran gelatina. Al minuto seis se apoyó en la pared del túnel para no desplomarse. Al minuto siete salió de rodillas, pero el tablero ya había hablado:

Puesto 2/47 – global tanda.

La multitud rugió. Alguien gritó su nombre. Otros lo llamaron tramposo.

Julián apenas podía caminar. Cada paso era un recordatorio de que su cuerpo ya no le pertenecía del todo. Vitalidad goteando: 41 %.

No llegó lejos.

Valeria Solís se despegó de la pared del Pasillo Oeste. Uniforme blanco y dorado. Ojos fijos.

—Varga.

No era saludo. Era acusación.

Julián se apoyó en la pared para que el temblor no lo delatara del todo.

—¿Qué pasa, Centinela? ¿Te duele ver a un paria en tu tablero?

Ella avanzó. La distancia entre ambos se volvió eléctrica.

—Cuarenta y ocho horas. De V a III. Sin nodo autorizado. Sin equipo. —Inclinó la cabeza—. O eres un genio que nadie vio venir… o estás usando algo prohibido.

Julián tosió una risa corta que le supo a sangre.

—O tal vez la Torre se cansó de ver siempre las mismas caras doradas.

El escáner privado de Valeria pitó bajo. Retrocedió medio paso. Acababa de captar un eco de memoria de Torre en un rango que no debería tenerlo.

Antes de que pudiera hablar, el anuncio cortó el aire:

Acceso de Emergencia 7-B activado. Ruta de fragmentos abierta. Ventana: 9 minutos. Solo los diez primeros del ranking de evaluación actual pueden ingresar. Cierre inminente.

El tablero sobre la entrada viró a rojo carmesí. Julián sintió el pulso en las sienes. Puesto 11 provisional. Necesitaba subir dos lugares en ocho minutos y medio.

Corrió.

La multitud era un muro de espaldas y brazaletes dorados. Los diez primeros ya formaban barrera. Al frente: Valeria. Brazos cruzados. Mirada clavada en él.

—No tan rápido, paria —dijo ella—. Tu olor a trampa llega hasta aquí.

8:47… 8:46…

Julián intentó flanquear por izquierda. Dos élite Plata se movieron como una sola pared. Uno le puso la mano en el pecho.

—Fuera de la fila, deudor.

Julián usó el último resto de impulso del sistema roto, convirtió la fatiga en rabia y empujó con el hombro. El tipo cedió un paso. Julián se deslizó entre ellos justo cuando Valeria extendía el brazo para bloquearlo.

Cruzó.

La puerta se selló con un golpe sordo que reverberó en todo el nivel.

Del otro lado, en penumbra azul, un fragmento de memoria huérfano flotaba, frío y brillante. Nadie lo había tocado en décadas.

Julián se dejó caer contra la pared, pecho agitado, visión nublada. Afuera, Valeria golpeó el metal una vez. No con furia. Con algo peor: miedo.

Su mirada, atrapada en el último parpadeo antes del cierre, ya no era de desprecio. Era la de alguien que acababa de ver romperse una regla que creía eterna.

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