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Chapter 1: El precio de la seda blanca

Elena, tras ser despojada de su estatus y finanzas por su exmarido, se encuentra en una suite nupcial vacía. Julián Varga, rival de su ex, le ofrece un contrato de matrimonio falso para salvar su reputación y destruir a Ricardo a cambio de estatus social. Elena acepta bajo sus propios términos, iniciando un pacto peligroso.

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El precio de la seda blanca

El silencio en la suite nupcial no era paz; era el sonido de una vida desmoronándose en tiempo real. Elena dejó el teléfono sobre la mesa de mármol, sintiendo cómo el frío del granito se filtraba por sus dedos. La pantalla seguía encendida, mostrando el último mensaje de su exmarido, enviado apenas diez minutos después de que la anulación fuera oficial: «Espero que disfrutes de la austeridad, Elena. La libertad es un lujo que ya no puedes permitirte».

Debajo, una fotografía adjunta mostraba a Ricardo brindando con una desconocida en el club más exclusivo de la ciudad. El mensaje no era solo una burla; era un recordatorio de que él se había llevado no solo el dinero, sino también la red de seguridad social que ella había tardado años en tejer. Elena observó su reflejo en el espejo de cuerpo entero. El vestido de seda blanca, una reliquia de una boda que ya no existía, se sentía ahora como un sudario. En el tocador, las facturas impagas se acumulaban como una sentencia silenciosa.

Un golpe seco en la puerta interrumpió su letargo. Antes de que ella pudiera responder, Julián Varga entró. No pidió permiso, ni lo necesitaba. Su sola presencia parecía absorber todo el oxígeno de la habitación. Llevaba un traje hecho a medida que gritaba poder, y sus ojos —fríos, calculadores— recorrieron el desorden de maletas abiertas con una indiferencia que a Elena le dolió más que cualquier insulto.

—Tu exmarido ha sido eficiente —dijo Julián, recorriendo la estancia con una mirada clínica que se detuvo en las facturas sobre el tocador—. Ha vendido la información confidencial de mi empresa a la competencia. Y tú, por asociación, eres el blanco perfecto para la prensa y los acreedores. Ricardo no solo te ha dejado sin dinero, te ha dejado como la cara pública de un fraude que él cometió.

Elena se irguió, alisando la falda de su vestido con dedos firmes. La humillación le ardía, pero su orgullo era lo único que no le habían arrebatado.

—No estoy de humor para una lección corporativa, Julián. Si vienes a cobrar lo que él te robó, te sugiero que busques en otro lado. Ya no tengo nada que él no haya drenado.

Julián se acercó, invadiendo su espacio personal con una deliberada lentitud. El aroma a sándalo y poder que lo rodeaba era casi asfixiante.

—No vengo a cobrar. Vengo a ofrecerte una salida. Mi consejo directivo exige que me case antes de la gala de fin de mes para asegurar la estabilidad de la fusión. Necesito a alguien con tu linaje social, alguien que sepa cómo manejar a los buitres de la prensa sin pestañear. Y tú, Elena, necesitas a alguien que tenga el poder suficiente para destruir a Ricardo antes de que él termine de enterrarte.

Él sacó un documento de su chaqueta y lo deslizó sobre la mesa de cristal, justo encima del mensaje de Ricardo.

—No te estoy ofreciendo amor, Elena. Te estoy ofreciendo la cabeza de quienes te humillaron. ¿Firmas o te hundes?

Elena miró el contrato. Las letras bailaban ante sus ojos, pero la realidad era brutalmente clara: la libertad de la que Ricardo se burlaba no era más que una caída libre. Julián la observaba, su mandíbula tensa, esperando. Ella tomó el bolígrafo. La tinta negra sobre el papel parecía el único ancla en medio del naufragio de su vida.

—Si firmo —dijo ella, levantando la vista para encontrar la mirada del hombre que, hasta hace una hora, era su peor enemigo—, no seré una esposa trofeo. Exijo control total sobre mi parte del acuerdo.

Julián sonrió, una curva gélida que apenas llegó a sus ojos.

—Trato hecho, señora Varga. Pero recuerda: a partir de este momento, somos la pareja perfecta. Y el mundo no perdona las grietas en nuestra fachada.

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