Chapter 12
La lluvia caía en láminas verticales y el mediodía parecía noche cerrada. Mateo corría con la mochila golpeándole la espalda, las páginas mojadas de las carpetas de liquidación ya inútiles dentro del plástico. Delante de él, la multitud formaba un muro vivo que se abría y cerraba como una garganta. Todos los dedos apuntaban hacia él.
—¡Ahí está el que tiró el libro! —gritó una mujer con delantal de mercado—. ¡El que nos dejó sin nada!
Mateo no contestó. Buscaba solo una cara entre las cien que lo odiaban: J.M. Acorralado contra la reja oxidada de la antigua farmacia china, su primo tenía la cabeza baja, los hombros hundidos como si ya hubiera aceptado el golpe que venía. Dos hombres de Rafael —el gordo de la cicatriz en el cuello y el flaco de la gorra hacia atrás— lo sujetaban por los brazos. El gordo levantó la vista y vio a Mateo. Sonrió con dientes pequeños.
Mateo empujó a una señora que le bloqueaba el paso. La mujer lo insultó en cantonés y en español al mismo tiempo. Él siguió adelante. El aire olía a aceite quemado, ajo frito y furia mojada.
—¡Suéltenlo! —gritó cuando estuvo a diez pasos.
El gordo soltó una risa corta.
—¿Ahora lo defiendes? Tú mismo lo entregaste cuando tiraste las páginas al aire. El barrio ya decidió, mijo. Sangre por sangre.
J.M. levantó la cara por primera vez. Tenía un corte fresco en la ceja izquierda; la sangre le corría mezclada con la lluvia. Sus ojos encontraron los de Mateo y, sin palabras, le pasó algo pequeño y doblado: la última página del libro mayor, empapada pero intacta. Mateo la atrapó con dedos temblorosos y la guardó contra el pecho.
Antes de que los hombres de Rafael pudieran reaccionar, Mateo embistió. Golpeó al flaco en la rodilla y empujó al gordo contra la reja. La multitud rugió, pero el caos le dio segundos. Agarró a J.M. por el brazo y corrieron hacia la sastrería familiar, entrando a empujones por la puerta trasera mientras las sirenas ya bloqueaban la salida principal y Rafael aparecía al fondo del callejón, flanqueado por uniformes.
Dentro, el olor a aceite quemado y tela vieja llenó la boca de Mateo. J.M. ya estaba arrodillado frente a la Singer antigua, con las manos temblando sobre la tapa de la máquina como si fuera un ataúd que no quería abrir. Héctor vigilaba la calle desde la cortina corrida, el cuerpo tenso, la respiración corta.
—Ábrela ya —dijo Mateo, la voz baja pero sin margen—. No hay más tiempo.
J.M. levantó la vista. Los ojos enrojecidos, la boca torcida en una mueca que mezclaba miedo y desprecio.
—Tú no entiendes nada, primo. Nunca entendiste. Esto no es tu deuda. Es la nuestra.
Mateo se acercó un paso. La mochila le pesaba en el hombro como plomo.
—Nuestra deuda se volvió pública hace veinte minutos. Las páginas del libro mayor están volando por todo el barrio. La gente ya sabe que Rafael mató a la tía para quedarse con el fondo. Lo único que falta es la última página. La que tú escondiste aquí.
J.M. soltó una risa seca, casi un sollozo.
—¿Y qué? ¿Crees que quemándola se acaba? Rafael no va a dejar testigos. Ni a mí. Ni a ti. Ni a Héctor, que se cree listo por darte la llave.
Héctor giró la cabeza desde la cortina.
—Cállate y abre la maldita máquina.
J.M. no se movió. Sus dedos se cerraron sobre la palanca de hierro.
—Cuando yo tenía quince años, la tía me hizo jurar que protegería el fondo aunque tuviera que mentir. Rafael
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