Chapter 10
La sangre de Mateo ya empapaba la manga izquierda cuando empujó la puerta trasera de la sastrería medio derrumbada. El marco crujió como cartón mojado bajo la lluvia que caía en cortinas. Afuera, las sirenas se acercaban desde tres direcciones; las luces azules y rojas rebotaban en los charcos del callejón. Elena tropezó en el umbral; Mateo la sostuvo por el codo con la mano buena, ignorando el fuego que le subía por el costado herido.
—Muévete, tía. No hay tiempo de mirar atrás.
Jian Li salió último, la cara gris, los ojos fijos en las sombras como si esperara que el Enforcer —él mismo— apareciera con el silenciador ya levantado. Llevaba la chaqueta abierta, la camisa pegada al cuerpo por la lluvia y el sudor. No dijo nada. Los tres sabían que cada segundo perdido era un porcentaje más en la fase 2 de liquidación: ya iba por el 68 %, 47 minutos hasta el atardecer.
Mateo se apoyó contra la pared de ladrillo húmedo, respirando entrecortado. El dolor le trepaba por el brazo como alambre de púas. Miró a Jian Li directo a los ojos.
—La llave. La segunda. Ahora.
Jian Li apretó los labios hasta que se volvieron una línea blanca.
—Mi hija primero. Si firmas y liquidas todo, ella queda libre. Ese era el trato.
—No hay trato que valga si nos matan antes de llegar al banco. —Mateo extendió la mano ensangrentada—. La llave o te dejo aquí con tus propios hombres. Tú eliges.
Elena puso una mano en el antebrazo de Mateo, suave pero firme.
—Mijo… él no miente. La niña está en la lista. Lo vi con mis propios ojos en la caja 417.
Mateo sintió que algo se le rompía por dentro, no la herida, sino otra cosa más vieja. La confesión del padre aún resonaba en su cabeza: la voz grave, entrecortada por el vinilo, admitiendo que las páginas arrancadas del ledger eran ventas de silencios, favores pagados con vidas. Y entre esas firmas, la de Jian Li al lado de la del padre, el día que vendieron el silencio del tío hasta que el silencio se volvió definitivo.
Jian Li metió la mano temblorosa en el bolsillo interior de la chaqueta y sacó la llave pequeña, idéntica a la de Mr. Chen pero con una muesca distinta. La dejó caer en la palma ensangrentada de Mateo sin mirarlo.
—Firma —dijo con voz rota—. Pero si mi niña muere por tu mano, no habrá distancia en el mundo que te salve de mí.
Mateo cerró los dedos sobre el metal frío.
—Entonces corre.
Lograron doblar la esquina hacia un taxi detenido con las luces apagadas. El conductor los miró por el retrovisor, vio la sangre, la lluvia, las caras, y no preguntó nada. Arrancó antes de que cerraran la puerta. En el asiento trasero, los tres respiraban como si el aire costara dinero. El teléfono de Mateo vibró contra su muslo. Mensaje anónimo:
“Si firmas, tu foto como nuevo jefe aparecerá en la prensa antes de que termines de leer esto.”
Mateo apagó la pantalla sin responder.
El taxi se detuvo bruscamente en un callejón bloqueado por maquinaria de demolición. El rugido de la excavadora llegaba desde la calle principal, un latido mecánico que hacía temblar el piso. Mateo empujó la puerta trasera de la c
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