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Chapter 3: Círculo de sospecha

Elena pierde acceso a su hogar y equipo de respaldo tras ser detectada por el Santuario. En un intento desesperado por subir los datos, es traicionada por un contacto, lo que la obliga a huir y refugiarse en una cripta antigua. Allí, confirma la magnitud del envenenamiento del agua y descubre una advertencia críptica de su abuelo en los archivos del Santuario.

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Círculo de sospecha

El zumbido del dron era un taladro clínico sobre el tejado de la Calle Los Cedros, 402. Elena se agazapó tras el seto de buganvilias, con el pulso golpeándole los oídos como un tambor de guerra. Faltaban 143 horas y cuarenta minutos para que el feed se volviera permanente. Su hogar, un refugio de herencia familiar que siempre había sentido como un búnker de dignidad, era ahora una trampa con luces de neón. Los sensores infrarrojos barrían la fachada, tiñendo las paredes de un rojo intermitente que delataba la intrusión.

Elena apretó el amuleto contra su pecho; el metal, más frío que el aire de la noche, vibraba con la carga de los archivos que apenas empezaba a comprender. El Santuario no solo vendía fe; estaba envenenando el suministro de agua con arsénico para mantener a la población en un estado de letargo y dependencia química. Un genocidio silencioso empaquetado como milagro. Tenía que entrar. Allí estaban sus discos duros de respaldo y las anotaciones de su abuelo sobre la arquitectura del sistema, la única ventaja táctica que le quedaba antes de que Rivas la borrara de la existencia.

Pero mientras observaba, un haz de luz blanca, más potente que la del dron, se encendió desde el interior de la casa. Un agente, con el uniforme impecable del Santuario, salía por la puerta principal. Elena retrocedió, dejando atrás su equipo de respaldo; el costo de la información era su propia historia, y en ese momento, el anonimato valía más que cualquier servidor. Se hundió en las sombras del mercado central, donde el olor a incienso barato se mezclaba con la podredumbre del alcantarillado.

Eran las 03:14 de la mañana. Con 143 horas y 22 minutos restantes, Elena acorraló a Mateo, un antiguo técnico de redes, contra una pared de piedra húmeda. Sus manos temblaban, no por frío, sino por la adrenalina de saberse marcada.

—Necesito subir estos logs, Mateo. Si el pueblo ve esto, Rivas pierde el control —siseó ella.

El joven, un hombre que había crecido bajo la sombra de los servidores del Santuario, conectó el dispositivo a su terminal. Sus ojos recorrieron las tablas de datos, las gráficas de toxicidad y los registros de las minas. El silencio que siguió fue más pesado que el zumbido de los drones.

—No es solo fe, Elena —murmuró él, su voz quebrándose—. Es arsénico. Están envenenando el suministro de agua para que nadie pueda pensar con claridad. Estás pidiéndome que firme mi sentencia de muerte.

Antes de que Elena pudiera replicar, Mateo intentó arrebatarle el amuleto, sus dedos desesperados buscando el puerto de conexión para entregarlo a Rivas como prueba de lealtad. Elena reaccionó por instinto, golpeando la terminal contra el suelo y sumiendo el callejón en una oscuridad absoluta. El forcejeo fue breve, violento y carente de piedad; ella recuperó el nodo de datos, pero el ruido del dispositivo destrozado atrajo a los drones de patrulla. El zumbido, un sonido mecánico de alta frecuencia, se volvió ensordecedor.

Elena corrió por el casco histórico, sintiendo cómo el polvo del siglo pasado se filtraba en sus pulmones. El sistema ya la había marcado; su identidad digital era un faro en la oscuridad. En una maniobra desesperada, forzó una sobrecarga en la red eléctrica del pueblo, provocando un cortocircuito que cegó momentáneamente a las cámaras de vigilancia.

Se refugió en una cripta antigua bajo el cementerio viejo, un lugar olvidado donde la tecnología de Rivas apenas penetraba. El aire sabía a piedra húmeda y olvido. Elena ajustó el brillo de su tableta, ignorando el temblor en sus dedos. Faltaban 143 horas, 10 minutos y 10 segundos. La pantalla parpadeó, revelando la estructura del archivo que acababa de forzar. Los gráficos no mentían: el Santuario venía inyectando arsénico y compuestos neurotóxicos en el acueducto municipal desde hacía más de una década. La traición no era solo política; era biológica.

Se obligó a seguir cavando, buscando algún eslabón que pudiera romper la cadena de mando. Entonces, entre los metadatos del archivo maestro, encontró una carpeta oculta con una etiqueta que le heló la sangre: Varela_Legado_01. Al abrirla, una imagen escaneada de una nota escrita a mano por su abuelo apareció en pantalla: 'No busques la verdad, destrúyela'.

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