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Chapter 2: El precio de la curiosidad

Elena intenta descifrar la reliquia en la Biblioteca Central, pero es marcada como anomalía por el sistema. Tras un intento fallido de soborno en el mercado negro, donde descubre que Julián 'El Reliquiero' ha puesto precio a su linaje, Elena debe huir de una patrulla. Termina refugiada en un ático industrial, solo para descubrir que su acceso a servicios básicos ha sido revocado y que Julián ha incendiado su hogar como advertencia.

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El precio de la curiosidad

La lluvia de la Metrópolis no limpia; erosiona. En la terminal de la Biblioteca Central, el repiqueteo metálico contra el cristal sonaba como el conteo de un verdugo: 143:42:15. Elena Varga observó su reflejo en la pantalla, sus facciones endurecidas por una vigilia forzada. Al intentar acceder a los archivos históricos bajo la credencial de su abuelo, el sistema no solo rechazó la consulta; respondió con una frialdad quirúrgica. La luz verde de acceso parpadeó y se extinguió, reemplazada por un gris plomo, denso y definitivo: ID: ANOMALÍA. RESTRICCIÓN DE ACCESO NIVEL 5.

—No puede ser —susurró, con la voz quebrada. A su alrededor, la gente se movía con la fluidez mecánica de quienes no tienen secretos, ajenos a la implosión de su vida. Elena sintió el cilindro de bronce de la reliquia contra su esternón, un peso muerto que ahora le costaba su identidad. Desesperada, insertó la credencial de emergencia que su abuelo, el arquitecto caído del sistema, le había entregado en el hospital. El resultado fue instantáneo: una alerta roja bañó la estancia y su pantalla se bloqueó, mostrando una imagen de su última transacción bancaria cancelada. El sistema no solo la había expulsado; la estaba señalando.

Elena huyó hacia el mercado de chatarra digital, donde el aire sabía a ozono y cables quemados. Buscó al Informante, un hombre cuya cara era un mapa de cicatrices de implantes ilegales. Al verla, el hombre ni siquiera levantó la vista de sus monitores.

—No puedo procesar esta solicitud, Varga —siseó él, con los ojos fijos en una cascada de datos—. Tu estatus ha sido degradado a nivel de purga. Si te ayudo a saltar el bloqueo, mi nodo se apaga en menos de un minuto. Mi familia depende de este acceso.

Elena puso sobre el mostrador su último fajo de créditos físicos, el dinero que debía pagar su huida.

—Es sobre el servidor central, no un archivo de usuario. Solo necesito el protocolo de desencriptación de la llave —insistió, con la desesperación apretándole la garganta.

El hombre se quedó helado al ver el cilindro de bronce asomar por su chaqueta. Retrocedió como si el metal fuera radioactivo.

—¿Sabes qué ha puesto Julián 'El Reliquiero' por tu cabeza? —preguntó él con un hilo de voz—. No es dinero, Elena. Es el borrado total de tu linaje del Feed. Vete antes de que la patrulla detecte tu firma térmica.

Elena apenas tuvo tiempo de girar sobre sus talones. En el callejón de los artesanos, el zumbido eléctrico de una patrulla de control social cortó el aguacero. Los focos de los drones buscaron su silueta, obligándola a buscar refugio en la oscuridad de los niveles inferiores. Sabía que no tenía escapatoria convencional; su ID, ahora marcada en gris plomo, era un faro para el sistema. Con una decisión amarga, Elena se acercó al nodo eléctrico principal del sector. Sacrificó la última batería de respaldo de su comunicador para provocar una sobrecarga, sumiendo el bloque en un apagón temporal. El estallido de chispas y el silencio súbito de los drones le dieron la cobertura necesaria para desaparecer entre las sombras.

Horas después, llegó a un ático abandonado en el sector industrial, donde el zinc del techo vibraba con la tormenta. Sus dedos entumecidos activaron el dispositivo de interfaz, esperando un milagro. En su lugar, una notificación carmesí ocupó todo su campo visual: ID: ELENA VARGA. ESTATUS: RESTRINGIDO. ACCESO A SERVICIOS BÁSICOS: REVOCADO.

La realidad golpeó con la frialdad de un juez: debido a una "inconsistencia de datos vinculada a activos no declarados", su identidad civil había sido movida a la categoría de observada. Intentó acceder a su cuenta para pagar el suministro de agua, pero el icono de candado parpadeó con burla. La cuenta regresiva, ahora en 138:00:00, brillaba en un rojo que le quemaba la retina. Ya no era una ciudadana intentando limpiar un nombre; era un objetivo que el sistema pretendía borrar. Mientras el silencio del refugio se volvía insoportable, una nueva notificación apareció en la esquina inferior: un mensaje cifrado de Julián. Al abrirlo, el aire en sus pulmones se congeló. Era una foto de su propia casa, ardiendo, enviada con un cronómetro sincronizado con el suyo. La reliquia ya no era un secreto, y el tiempo, como la lluvia, se estaba agotando.

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