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Chapter 10: La cuenta regresiva bajo ataque

Isabela y Martín preparan la transmisión en un departamento abandonado cuando sicarios los atacan. Huyen bajo la lluvia intensa; Martín resulta herido al protegerla; pierden parte del material de respaldo. La cuenta regresiva se estrecha drásticamente a menos de 24 horas antes del traslado al museo. La amenaza contra la madre de Isabela se vuelve más concreta. Martín muestra un sacrificio real que empieza a transformar su ambición en algo más profundo, aunque la desconfianza persiste.

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La cuenta regresiva bajo ataque

Isabela entró al departamento abandonado con el corazón latiéndole en la garganta. El mensaje de amenaza aún ardía en su pantalla: “Si hablas en la transmisión, tu madre no verá el amanecer”. Faltaban 57 horas y 41 minutos para que el traslado al museo sellara todo. El relicario pesaba en su mochila impermeable como una sentencia.

Martín ya estaba allí, cableando dos celulares y una cámara barata sobre una mesa coja. No levantó la vista cuando ella cerró la puerta con llave.

—Llegas tarde. La entrevista en vivo es a las nueve. Si no salimos limpios de esto, perdemos la única ventana que nos queda —dijo él, voz baja, dedos rápidos sobre los cables.

Isabela dejó la mochila sobre la mesa y sacó el pendrive que contenía la inscripción completa. El fragmento anónimo que había soltado horas antes ya era trending nacional. Su familia la había repudiado públicamente. Julián le había bloqueado todo. Pero la amenaza contra su madre era nueva, concreta, y le helaba la sangre.

—No confío en ti, Martín. Elegiste el lugar, elegiste la hora. Si esto es una trampa para ganar rating mientras me matan, mi madre paga el precio.

Él se detuvo un segundo, la miró de frente. La ambición de siempre seguía allí, pero también algo más crudo: el cansancio de quien ya ha quemado puentes.

—Entonces no confíes. Pero usa mi alcance. Sin mí, tu verdad se queda en un hashtag que mañana olvidan. Conmigo, llega a millones antes de que el museo abra las puertas.

Un crujido en el pasillo exterior los congeló. No era la lluvia. Eran pasos. Pesados. Dos, quizás tres hombres. Isabela guardó el pendrive en el bolsillo interno de su chaqueta y apretó el relicario contra el pecho. Martín apagó la única luz y señaló la salida de servicio con la cabeza.

—Ahora.

Salieron al pasillo trasero justo cuando la puerta principal cedió con un golpe seco. La lluvia los recibió como un muro. Calles convertidas en ríos negros, luces de farolas difusas, el agua borrando huellas antes de que se enfriaran. Corrieron agachados, Martín delante con la pistola en la mano derecha, Isabela detrás sosteniendo la mochila contra el cuerpo.

Un disparo rompió el estruendo del agua. La bala levantó astillas de un poste a medio metro de la cabeza de Isabela. Martín giró, disparó dos veces hacia las sombras. Uno de los perseguidores gritó y cayó.

—¡Sigue! —gruñó él.

Otro disparo. Martín se tambaleó, la manga izquierda se tiñó de rojo oscuro. No se detuvo. Empujó a Isabela hacia un callejón estrecho que bajaba hacia los sótanos del viejo mercado. Bajaron resbalando por escalones cubiertos de musgo, la lluvia cayendo en cascada sobre ellos. Detrás, voces y pasos chapoteando.

Entraron al sótano abandonado. Olor a moho y rata. Martín cerró la reja oxidada y la trabó con una barra de hierro. Se dejó caer contra la pared, respirando con dificultad. La sangre le corría por el brazo y goteaba al suelo sucio.

Isabela rasgó un pedazo de su propia camiseta, lo apretó contra la herida.

—Déjame ver.

—No es profundo, pero duele como el demonio —dijo él entre dientes. Sus ojos, sin embargo, no dejaban de vigilar la reja—. Perdimos la cámara grande en la carrera. El pendrive… ¿lo tienes?

Isabela palpó el bolsillo. El pendrive seguía allí, pero la mochila se había abierto. El relicario estaba a salvo, pero el segundo celular con las copias de respaldo había caído en algún charco durante la huida. Irrecuperable. Parte del archivo de video que habían preparado para la transmisión se había perdido para siempre.

—Solo nos queda lo que llevo encima —susurró ella. La voz le tembló un instante, no de miedo sino de rabia contenida—. Todo lo demás se lo tragó la lluvia. Como siempre.

Martín soltó una risa corta y dolorosa.

—Entonces la entrevista de las nueve será más cruda de lo planeado. Solo tú, yo, el relicario y la inscripción. Sin filtros. Eso puede ser mejor… o puede matarnos más rápido.

El teléfono de Isabela vibró. Otro mensaje sin número: “Sabemos dónde estás. Veinticuatro horas. Después, tu madre y tú desaparecen como Valdés”.

Isabela sintió que el estómago se le cerraba. La cuenta regresiva que marcaba el reloj del departamento ahora parecía una burla. Habían bajado de 57 horas a menos de 24 en una sola huida. El traslado al museo seguía fijado para el amanecer del día siguiente. Si no transmitían antes, todo el material que les quedaba se convertiría en polvo oficial.

Martín se incorporó con esfuerzo, el trapo improvisado ya empapado de sangre.

—Mi ambición me trajo hasta aquí, Isabela. Pero esta bala… esta bala me recuerda que ya no es solo rating. Si salimos vivos de la transmisión, te debo una disculpa que no podré pagar con likes.

Ella lo miró. El hombre que había expuesto su nombre en vivo sin pedir permiso ahora sangraba por protegerla. La rivalidad seguía allí, latiendo bajo la piel, pero algo había cambiado. La confianza seguía siendo frágil, peligrosa. Sin embargo, no tenían a nadie más.

—Veinticuatro horas —dijo ella, guardando el relicario de nuevo en la chaqueta—. Si me traicionas en esa transmisión, Martín, no será la lluvia la que borre tu nombre. Seré yo.

Él asintió, serio.

—Entendido. Ahora salgamos de este agujero antes de que nos encuentren. La entrevista sigue en pie. Y esta vez, la verdad no tendrá edición.

Subieron por otra salida que daba a un callejón paralelo. La lluvia seguía cayendo, implacable, lavando la sangre que Martín dejaba atrás. Cada paso dolía. Cada segundo acortaba la distancia entre ellos y el amanecer que cerraría la última puerta.

Isabela sentía el peso del relicario contra su pecho. El secreto que alguien le había enviado específicamente a ella aún guardaba su última capa. Valdés había muerto sabiendo algo más. Y la transmisión de esa noche ya no era solo para exponer funcionarios. Era para sobrevivir lo suficiente como para descubrir qué crimen mayor estaba escondido detrás de todo este escándalo.

La ciudad bajo el agua parecía reírse de ellos.

Quedaban menos de veinticuatro horas.

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