La cuenta regresiva comienza en 144 horas
El aire en el estudio de Julián no se respiraba; se tragaba. Era una mezcla de ozono, desinfectante y la electricidad estática que emanaba de los paneles LED que recubrían las paredes como una segunda piel digital. Elena Valdés se ajustó el gafete de seguridad, sintiendo cómo el sudor frío le bajaba por la columna. El plástico falso pesaba en su bolsillo, una mentira barata que era su única llave hacia el centro de la maquinaria de espectáculo de Julián. Caminó con paso firme, ignorando el zumbido constante de los servidores que ocultaban el eco de sus pasos. A su alrededor, los técnicos se movían como autómatas, enfocados únicamente en los monitores que proyectaban la transmisión en vivo. Nadie la miraba. En este lugar, si no tenías una cámara apuntándote, no existías.
Llegó al pedestal central. Ahí, bajo el foco cenital que convertía el ambiente en un escenario de cirugía, descansaba la reliquia. No era el amuleto de utilería que Julián solía usar para sus montajes; era obsidiana genuina, tallada con la precisión de los maestros artesanos de su familia, con la inscripción oculta que debería haber sido enterrada hace una década. El corazón le dio un vuelco. La reliquia estaba conectada a la consola maestra por una red de cables de fibra óptica que palpitaban con una luz azulada, inyectando datos directamente al Feed Permanente.
Apenas sus dedos rozaron el relieve de la piedra, el zumbido de los servidores cambió de tono; pasó de un murmullo eléctrico a un gemido agudo que le perforó los tímpanos. Ante ella, el pedestal parpadeó con una luz roja enferma. 144:00:00. El contador digital no solo apareció en los monitores gigantes que rodeaban el set, sino que se proyectó con láser sobre el humo artificial del escenario. Elena retrocedió, pero sus dedos estaban entumecidos, adheridos a la piedra fría. No era una reliquia común; era un disparador de protocolo. Alguien había configurado el sistema para que, ante el contacto humano, el Feed Permanente iniciara su cuenta regresiva de seis días antes de sellar la narrativa pública para siempre. Tiró del amuleto con fuerza hasta que lo arrancó, guardándoselo en el bolsillo interior mientras las puertas de seguridad se sellaban con un estruendo metálico que resonó en el vacío del estudio.
El aire en los pasillos técnicos era irrespirable. Elena se pegó a la pared, con el corazón golpeando contra sus costillas. A pocos metros, las luces rojas de emergencia bañaban el suelo de cables en un tono sangre. Tenía 143 horas y 58 minutos restantes. Cada segundo era una gota de arena cayendo sobre su propia sentencia.
—No deberías estar aquí, Valdés. La seguridad ya está barriendo el sector este —la voz, seca y carente de cualquier calidez, brotó de las sombras. Mateo salió a la luz, su rostro era una máscara de apatía profesional, aunque sus manos temblaban imperceptiblemente sobre un rack de servidores.
Elena apretó el amuleto contra su pecho, sintiendo una vibración gélida que parecía emanar de la piedra.
—Tú me enviaste la alerta —dijo Elena, dando un paso al frente, ignorando el peligro—. Esta reliquia tiene una inscripción que vincula a mi familia con los contratos iniciales del Feed. ¿Por qué está en el pedestal de Julián?
Mateo soltó una carcajada amarga antes de que pudiera responder. El amuleto emitió un pulso de alta frecuencia, una descarga que apagó las luces de los pasillos y bloqueó momentáneamente las cámaras de vigilancia. Pero el alivio duró poco. En el monitor de seguridad principal, que había quedado encendido gracias a una batería de respaldo, el rostro de Julián apareció en primer plano. No estaba sorprendido. Estaba sonriendo, mirando directamente a la lente, observando a Elena a través del cristal oscuro como si ella fuera la pieza central de su próximo gran escándalo.