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Chapter 10: Reconstrucción

Julián toma el control total del hospital y comienza la purga administrativa, pero descubre que un espía del consorcio Aethelgard está filtrando datos desde dentro. A pesar del ultimátum del consorcio para el viernes, Julián decide usar al infiltrado a su favor para tenderles una trampa.

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Reconstrucción

El despacho del director del Hospital Varga ya no olía a tabaco caro ni a la arrogancia de Alejandro. Ahora, el aire era frío, cargado con el zumbido constante de los servidores y el aroma clínico de la eficiencia. Julián Varga se sentó en la silla de caoba, un mueble que durante años simbolizó el muro que lo separaba de su propia profesión. Hoy, era solo una estación de trabajo.

La puerta se abrió sin previo aviso. La Dra. Elena Soler entró, con la bata impecable pero el rostro marcado por la tensión de las últimas cuarenta y ocho horas.

—La junta está en pánico, Julián —dijo, cerrando la puerta tras de sí—. Han bloqueado los suministros de quirófano. El consorcio Aethelgard sabe que Alejandro ha caído, pero no van a soltar su presa. Exigen garantías de que el trasplante del viernes sigue en pie.

Julián no levantó la vista de la pantalla. Sus dedos, rápidos y precisos, ejecutaban un script de limpieza que borraba los últimos rastros de las cuentas offshore de su primo. Cada clic desmantelaba una capa de la hegemonía familiar que había asfixiado la ética del hospital durante décadas.

—Diles que el quirófano está listo —respondió Julián, con voz gélida—. Pero que la validación final del paciente depende de mis pruebas cruzadas. Ningún activo del consorcio entrará en este hospital sin pasar por mi filtro. Si quieren el trasplante, tendrán que aceptar mis condiciones de transparencia absoluta.

Elena se acercó y apoyó las manos sobre el escritorio. La tensión entre ambos no era de subordinación, sino de una alianza forjada en la necesidad.

—Estás jugando con fuego. Si descubren que estás saboteando el trasplante desde dentro, Aethelgard no enviará abogados; enviarán a alguien que nos borre del mapa.

—Ya lo han hecho —replicó él, señalando un monitor secundario donde una serie de nodos rojos parpadeaban con una frecuencia alarmante—. La purga no ha terminado. El sistema de gestión hospitalaria tiene una hemorragia constante de datos hacia el exterior.

Julián se puso en pie y caminó hacia el centro de datos, un búnker de servidores refrigerados donde el zumbido de los ventiladores reemplazaba al silencio del despacho. Elena lo siguió, sus pasos resonando sobre el suelo de metal. Allí, el ambiente era gélido, un contraste absoluto con la presión política que se acumulaba en los pasillos.

—He rastreado la última transferencia —dijo Julián, sin apartar la mirada de las líneas de código que fluían como un electrocardiograma acelerado—. No fue una brecha externa. Fue un acceso autorizado. Alguien con privilegios de administrador ha estado alimentando al consorcio con nuestros protocolos en tiempo real.

Elena sintió un vacío en el estómago.

—Eso significa que el espía no es un hacker contratado. Es alguien de nuestro equipo. Alguien en quien confiamos.

Julián pulsó una tecla, revelando una firma digital que sobresalía entre los registros. No era un código genérico; era una secuencia de privilegios que solo tres personas en todo el hospital poseían. Su expresión no cambió, pero sus ojos se entrecerraron con una frialdad quirúrgica. La traición no era un golpe inesperado; era una variable que ahora podía calcular y, eventualmente, extirpar.

—Ya los tengo —susurró Julián, mientras una notificación en su teléfono indicaba que el consorcio Aethelgard acababa de enviar un ultimátum: el hospital cerraría sus puertas en menos de setenta y dos horas si los datos del trasplante no se entregaban sin restricciones.

Julián miró a Elena. El tablero de juego había cambiado. Ya no se trataba solo de Alejandro Varga o de la reputación familiar; se trataba de una guerra corporativa total donde él era el único que conocía las reglas de la cirugía de poder. El infiltrado seguía ahí, observando cada uno de sus movimientos, y Julián, por primera vez, sonrió con una determinación que no dejaba lugar a dudas: dejaría que el espía creyera que estaba ganando, hasta que el bisturí cayera sobre el cuello del consorcio.

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