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Chapter 2: La precisión bajo el desprecio

Julián interviene en el quirófano para salvar al heredero Solari, humillando a Alejandro ante su equipo. Tras dejar una pista sobre el fraude financiero a la Dra. Soler, Julián hackea los servidores del hospital y obtiene las pruebas definitivas de la corrupción de su primo, preparándose para el golpe final.

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La precisión bajo el desprecio

El aire en el quirófano principal del Hospital Varga era un compuesto denso de ozono, desinfectante y el hedor metálico del pánico. Alejandro Varga, con el pulso errático y la frente perlada de sudor frío, sostenía el bisturí con una torpeza que rozaba lo criminal. Frente a él, el heredero del Grupo Solari perdía la vida a borbotones; una hemorragia arterial que el protocolo de Alejandro, basado en la arrogancia y no en la anatomía, había ignorado por completo.

—¡Corten la hemorragia, maldita sea! —rugió Alejandro, aunque su voz se quebraba al ver cómo el monitor cardíaco descendía hacia una línea plana.

Julián Varga no pidió permiso. Entró en el campo estéril con la frialdad de un verdugo, ignorando los gritos de los enfermeros y la mirada desencajada de su primo. La Dra. Elena Soler, quien sostenía los retractores con manos temblorosas, vio cómo Julián le arrebataba la pinza con una seguridad que no pertenecía a un médico despedido, sino a un cirujano de élite.

—Muévete, Alejandro. Estás matando al paciente —sentenció Julián. Su voz era una orden que obligó a Alejandro a retroceder, humillado ante su propio equipo. Julián se volcó sobre la herida. No utilizó la sutura estándar; aplicó una técnica de drenaje torácico poco ortodoxa, una maniobra que exigía una precisión milimétrica. El silencio en la sala se volvió absoluto, roto solo por el pitido constante del monitor que, poco a poco, comenzó a recuperar un ritmo sinusal. Cuando Julián se retiró, el paciente estaba estable. Alejandro, pálido y tembloroso, intentó articular una protesta, pero Julián ya estaba fuera de su alcance.

En el pasillo técnico, la Dra. Elena Soler lo interceptó. Su mirada escrutadora analizaba la sangre en los guantes de Julián y la calma antinatural en su rostro.

—Esa sutura… fue técnica de parche de pericardio con microanclaje. Nadie en este hospital la usa desde hace años. ¿Quién demonios eres, Julián? —preguntó ella, con la voz apenas por encima de un susurro.

Julián se detuvo, pero no giró del todo. Sabía que darle la cara era darle una oportunidad de interrogarlo.

—Soy alguien que sabe que el historial clínico de Solari tiene una anomalía en la página cuarenta y dos —respondió él, cortante—. Si quieres salvar tu licencia médica cuando la junta descubra el fraude de Alejandro, revisa los registros de coagulación de esta mañana. No busques errores médicos, Elena, busca las transacciones financieras que los justifican.

Sin esperar respuesta, se perdió entre la multitud de empleados del hospital. Sabía que Elena era una mujer inteligente; si ella encontraba el rastro, la reputación de Alejandro comenzaría a desmoronarse desde dentro.

Julián avanzó hacia la sala de servidores. El zumbido de los ventiladores industriales era el único sonido que acompañaba su trabajo. Alejandro creía que sus privilegios eran inamovibles, que el simple hecho de despedir a su primo de la nómina borraba sus credenciales de acceso. Fue un error de arrogancia fatal. Julián no solo recordaba las contraseñas maestras; las había diseñado durante sus años de servicio, cuando el apellido Varga aún significaba excelencia.

La pantalla parpadeó: Acceso concedido. Frente a él, el historial clínico del heredero Solari se desglosaba en una serie de archivos encriptados. Julián accedió a la carpeta oculta de Alejandro. No era solo negligencia. Era una estructura de transacciones sistemáticas entre el hospital y el Grupo Varga para desviar fondos de tratamientos experimentales que nunca se aplicaron. La muerte de Solari no habría sido un accidente; habría sido la liquidación final de un activo que ya no producía beneficios.

La descarga finalizó justo cuando las puertas de la sala de servidores fueron forzadas. Julián salió por la puerta trasera, ocultando el dispositivo en su bolsillo. En el estacionamiento, bajo la luz parpadeante de un fluorescente, sintió el peso del archivo. Era su sentencia de muerte para la hegemonía de los Varga. Alejandro seguía arriba, intentando retomar el mando, ajeno a que su propia arrogancia le había entregado el arma definitiva a la persona que más odiaba. Julián subió a un vehículo anónimo, observando el hospital por el retrovisor. La caída de Alejandro no sería un accidente; sería una cirugía de precisión.

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