Chapter 12
La muñeca le ardía como si la placa aún siguiera clavada ahí.
Mateo apretó la mano sana contra el antebrazo y siguió avanzando por el corredor de enlace, con el tablero de mérito detrás de él todavía encendido para todos: 14% base. 11% de acceso ampliado. Cobertura externa confirmada. Sello superior expuesto. La cifra no se había borrado. No le daba más poder en ese instante; le daba algo peor y más útil: evidencia pública.
El pasillo entero olía a metal pulido, tinta de registro y curiosidad sucia. Nadie quería ser el primero en parecer compasivo con un Aranda. Los alumnos fingían leer paneles. Los auxiliares fingían no mirar. Dos selladores de guardia, inmóviles junto a la puerta de Revisión Superior, seguían a Mateo con los ojos como si ya estuvieran midiendo cuánto iba a costar su caída.
Iria Salcedo salió al frente antes de que él llegara a la mitad del corredor.
—Qué rápido te llaman cuando el expediente huele a incendio —dijo, clara, impecable, con esa elegancia que volvía veneno cualquier frase.
Su uniforme no tenía una arruga. Su sonrisa sí tenía hambre.
—Placa defectuosa, lectura contaminada, apellido en el borde del cierre… —miró el tablero a propósito, para que todos vieran el dato—. Mateo Aranda, qué buen ejemplo de riesgo social.
La palabra cayó con peso real. Un par de alumnos bajaron la vista. Otro soltó una risa breve, de esas que no se pueden defender después. Mateo sintió el golpe en la nuca, no por miedo, sino por la precisión de Iria: no atacaba su fuerza, atacaba su nombre.
Él levantó la vista sin acelerar el paso.
—Si fuera solo riesgo, no me habrían llamado desde arriba —respondió.
Iria inclinó apenas la cabeza, como si él hubiera dicho algo tierno.
—O quizá te llaman para ver cuánto tardan en cerrarte la puerta.
La alarma de la pared vibró una vez. Luego otra.
Una línea nueva apareció sobre el marco de acceso, visible para el pasillo entero:
LLAMADO INMEDIATO EMITIDO POR EL MISMO NIVEL QUE ACTIVÓ LA COBERTURA EXTERNA.
El murmullo cambió de temperatura. Ya no era simple chisme. Era hambre institucional.
Tomás Varela salió de la antesala con una carpeta sellada bajo el brazo y la voz seca de siempre.
—Aranda. Aquí.
Mateo obedeció. No tenía otra cosa que obedecerle más que su propia cabeza.
Tomás lo miró de arriba abajo, midiendo la rigidez de la muñeca lesionada, el hueco donde antes estuvo la placa, el esfuerzo visible de no apretar demasiado la mandíbula.
—Tu artefacto quedó en custodia para examen —dijo—. Lo que estábamos viendo antes de retirarlo sigue constando en registro: acceso ampliado, cobertura externa, firma superior.
No sonó como elogio. Sonó como una advertencia para todos los presentes.
—Y ahora vienes conmigo.
Iria dio un paso mínimo, casi elegante.
—Maestre, solicito ampliación de control sobre el expediente Aranda.
Tomás ni la miró.
—No has sido llamada para dirigir esta revisión.
—Pero sí para evitar que un alumno con una anomalía útil convierta el proceso en un escándalo —dijo ella, ya sin sonrisa—. Si la cobertura externa alcanzó nivel superior una vez, puede volver a hacerlo. Separarlo sería prudencia.
Mateo la escuchó sin apartar los ojos de Tomás. Su cuerpo estaba cansado; su mente no podía darse ese lujo. Entendió el movimiento de Iria de inmediato: si no podía aplastarlo por rendimiento, intentaría encerrarlo en reputación.
Tomás tocó el borde del panel y el tablero de estado cambió de capa.
Cadenas afectadas: Aranda / Umbrales / Tercer Custodio / respaldo institucional.
No había más espacio para fingir que era un malentendido.
La gente del corredor vio el apellido Aranda unido a una cadena viva y se inclinó un poco hacia adelante, como si el escándalo tuviera calor.
—Entrada —ordenó Tomás.
La antesala de Revisión Superior era más fría que la sala de mérito. No por el aire, sino por el tipo de silencio. Ahí no se celebraban hallazgos. Se administraban.
La mesa sellada esperaba en el centro, con un panel inclinado y una sola línea luminosa en la superficie:
ASUMIR RESPONSABILIDAD PROVISIONAL SOBRE LA CADENA ARANDA.
Debajo, el campo de firma latía como un corte reciente.
Mateo sintió el vacío donde debía estar la placa. El ardor fantasma en la muñeca no lo dejó olvidar lo que había pagado por llegar hasta ahí. Había ganado un 11% de acceso ampliado, sí. Pero el precio ahora se veía completo: si firmaba, se convertía en el rostro público de la cadena. Si no firmaba, la revisión podía cerrar el acceso esa misma noche y dejar la cuenta de Doña Elvira enterrada otra vez bajo una versión conveniente de los hechos.
Tomás se quedó al otro lado del panel.
—Diez segundos —dijo.
Iria sonrió apenas, con la calma de quien cree que el tiempo trabaja para ella.
—Firmarás por desesperación o por orgullo —murmuró—. Las dos cosas te quedan igual de mal.
Mateo no la miró. Miró el contrato.
Sofía Luján, que había permanecido en silencio al borde de la mesa, se inclinó sobre una lectura lat
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